jueves, 4 de noviembre de 2021

Porchecito

 Me balanceo en el columpio de tela del patio, el pequeño porche que tenemos. Pero no un porche como los que gustan, de rancho, de texas, sureño, con su mecedora de madera. El mío es uno de baldosas de los cincuenta, agrietadas y descolocadas por las raíces del laurel, aunque es bonito porque, además, tiene rosales y margaritas, que no son margaritas, pero no sé cómo se llaman. Me balanceo en el columpio del patio y pienso en todo eso que no he conseguido, en todo eso que he tenido momentáneamente y ya no. Pienso en ese nudo de garganta que se enreda. ¿Se va esta desazón intermitente?

Desde mi porchecito, columpiándome, veo pasear a la gente, puntuales, aireados, bien vestidos, de otoño ocasional, Lucen de domingo, lucen de felicidad, de ansia de gustarse. Les veo pasar y pienso -no sé por qué-: ¿algún día seré madre? ¿algún día dejaré de ser intermitente? Porque madre es para serlo siempre. 

Columpiándome, más preguntas: ¿me desprenderé de esta angustia, por mi culpa, por mi culpa? ¿Algún día tendré paz? Quiero hacer grandes cosas, contarlo en Twitter. ¿Sabrá mi hija qué es twitter? ¿Me bajaré algún día del columpio, pasear guapa, aireada, bien vestida, de otoño ocasional?

lunes, 13 de abril de 2020

Mi cabeza está en 2008


Mi cabeza está en 2008; yo tenía dieciséis.

Tengo mejor relación con los espejos. La vanidad se ha transformado en autoestima. Qué bueno, pienso; cuánta culpa tendrá la industria del buenrrollismo, pregunto. Lo cierto es que he sido demasiado triste para haber sido tan querida. Eso lo sé ahora, que me quisieron, digo. Mucho relato sexual en 2008, hormonas revoloteando por el cuarto, sintiéndome pionera por ser chica y por contarlo en voz alta. Me leo y me hago gracia. También me doy vergüenza. A pesar de todo, sumida en mi caos mental sigo un poco, aunque de otra manera. Solo sé escribir si reflexiono sobre mí, eso no ha cambiado. Del amor también escribo mucho. 

Por aquel entonces me intercambiaba mails con un anónimo de la red – cuánto afea internet el relato, siempre lo pienso-. Me escribía como si fuera su amor platónico: me echaba de menos si no me conectaba, me confiaba sus miserias, hacía hincapié en mis 16 y en cuántos años me sacaba. También decía que leerme era lo mejor del día. Con eso me tenía ganada y yo me recreaba en esas palabras que todas las noches tecleaba para mandarme. Seamos francos: él era un pervertido y yo escribía mal. Escribía como una niñata de 16 años que no tiene idea de lo que es vivir. Mucho pajarito. Mucho wannabe. Mucha sinceridad. Antes no me asustaba tanto eso. Escribía por dos cosas: desahogarme e inventar a la Laura que quería ser. La que realmente era y no me atrevía. La que nunca fui después, ¡y menos mal! 

Una cosa no ha cambiado y es mi amor inexplicable por Britney Spears. Sigo escribiendo con muchas comas, como si, no sé, quizá, intentara explicarlo todo más atropellado. Atropellados estamos todos un poco. La cosa es que me estoy acordando de esa Laura de 16 y de todas esas expectativas que tenía, y de todas esas inseguridades que tenía, y de sus complejos. La industria se cebaba con chicas como nosotras porque no fuimos – y nunca lo seremos- sus delgadas y hermosas criaturas. Ahora me da igual. Me gusto. Pero leerme tan triste me pone triste, sobre todo si es por un motivo como ese. Era infeliz. Era desgraciada. Y aunque momentáneamente reía mucho y muy alto, porque siempre he sido muy escandalosa, solo quería estar delgada. A veces lo sigo queriendo. Qué locura vivir con el deseo de ser quien no eres. Amiga Laura de 16 años, ojalá haber podido conocerte y decirte que eres increíble. Había otras cosas de 2008 que te gustaban mucho a parte de Britney Spears. Zero 7, con Sia, Laura Marling, las postales y las noches al teclado sin participar de nada más. Eso es lo único que envidio de 2008. Llama Samu y me saca del recuerdo. Cómo lo quiero, pienso, cuánta culpa tendrá el presente.

viernes, 20 de marzo de 2020

Día 5 de confinamiento


Me ha despertado una pesadilla. Creo que he balbuceado algo apocalíptico de manera inconsciente. Samu me ha besado la frente y me ha dicho que todo está bien. Le he mirado y le he preguntado si me quiere. Me ha dicho que sí y el susto del mal sueño se ha pasado. He saltado de la cama y me he vestido, con ganas de coqueteo, para ir a la compra.  Teníamos suficiente comida, pero faltaban huevos, queso y aire fresco. Así que he salido con mis propias bolsas y la bici a punto. Me he despedido como si fuera a la guerra. En cuanto he rodado un poco me he sentido culpable: ¿eran tan necesario los huevos y el queso? En el camino me he topado con la policía a caballo, ellos también me han visto y con un gesto feo de policía, me han reclamado a su lado. “¿A dónde crees que vas?”. Por un momento he pensado que sabían que tenía la nevera suficientemente llena. Yo soy de las que se asustan rápido con la autoridad y lo han olido. Al final no ha pasado nada, me he despedido con un "buen día" que no me han devuelto. 

En la cola del súper me he acordado de mis abuelos. Hoy los llamo, pienso. Estoy preocupada: ¿habrán salido los días previos? ¿habrán recibido visitas? ¿se llevarán las manos con coronavirus a la cara? He comprado huevos, queso y algo más, y me he ido a casa. Al final, dentro no se está tan mal. Las calles solitarias no dan tanta impresión como el viento que silba en los oídos con la velocidad de la bici corriendo por esas calles vacías. Con el silbido en primer plano, he visto al otro lado del río aquel bar que tenía pensado inaugurar esta semana. Cerrado. Vacío. Nunca ha servido una caña. Me imagino a su dueño (porque es dueño); me quiero poner en su lugar. Con lo agorera que soy, pensaría que es una señal divina. Pero lo que realmente es, es pura mala suerte. Llego a casa, deshago la compra, llamo a mi abuela. Me encanta su risa agudilla. Le he dicho que se lave las manos, que no de besos, que ya llegarán. Los míos y los de todos. Me imagino un mundo distópico en el que los besos están prohibidos. Qué seríamos sin besos. Cuelgo.

miércoles, 3 de abril de 2019

Repostería

Coloco el queso crema en el recipiente y bato con calma. Afuera llueve en una rara tarde de junio. Me quedo ensimismada mirando las baldosas grasientas de la cocina. No estoy pensando en nada en concreto- la crema se va deshaciendo mientras bato-, en el tiempo que no voy a estar contigo hoy, que se me antoja mucho. Ojalá batirte así de lento ahora mismo. Ojalá que me digas otra vez lo mucho que te gusta agarrarme de la mano mientras me estremezco entre las sábanas. [Ahora sí, me pregunto qué pasará cuando de nuevo me tenga que ir. No se muy bien a dónde].

Enciendo el horno a 200 grados. Limpio lo que he ensuciado de harina y mantequilla en la encimera. Vierto la masa en el molde y horneo. Me siento con el delantal puesto. Sucio. Nunca lo suelo utilizar, pero me gusta cómo me queda. Compostura de persona que disfruta las tardes lluviosas sin esperar a que escampe.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

27


Si me pongo a pensar - y lo hago mucho- en aquel colgante verde que perdí, mi atesorado colgante verde de la buena suerte que perdí, no puedo evitar preguntarme qué habría sido de mi vida si todavía lo llevara puesto.
A veces pierdo la cabeza también. Lo noto con los deseos intangibles, los que quiero confesar y no me atrevo. Quedan unas horas para volverme tarada de nuevo, para escurrirme entre números pensando que, ¡joder! ya no hay vuelta atrás. Ni colgante verde de la buena suerte. Pero decido consumir el tiempo con cigarrillos y me visto en un intento de guapa. Igual ya no me importa - aunque un poco sí - que el tiempo pase siendo feliz, que es una palabra cursi que uso mucho y no me gusta nada. Será su sonoridad. Será que no tengo mi colgante verde de la buena suerte. Será que diciembre es siempre nostálgico y a mi, en el fondo, me gusta.
De nuevo la pregunta: ¿qué hubiera sido de mi vida si no hubiera perdido mi colgante verde de la buena suerte? Si no lo hubiera perdido, me digo, como perdí aquella vez ese avión a Edimburgo, o como aquella otra vez mi vaquero favorito - todavía no sé cómo - o mi pendiente de aro, o mi primer amor... cuántos caminos hubiera dejado atrás. Si no hubiera perdido mi colgante verde de la buena suerte.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Otra vez en sueños


Me oprimías la tripa, la devorabas por dentro. Como un parásito raro al que debía de extirpar con bisturí. Nadabas dentro cual sapo de cenagal. Un asqueroso bicho metido en el estómago. Vivía con miedo a que pudieras abrirme en carne y pedir que te amamantase. Era más la sensación de compartir espacio y cuerpo contigo, que saber que pudieras existir. Y existías.

Solo necesité un instante, un momento de caos en el que te di por perdida, en el que ya no notaba un bulto sobresaliendo en el ombligo, en el que creía que ya no consumías vísceras, cuando te lloré temblorosa para que volvieras a ser el tedioso bicho que cargaba conmigo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Hallazgo


La soledad tiene eso del aguante. Camino sin rumbo, con pies dolientes y mente confusa. No importa lo cansada que esté, sigo con el trote (o el arrastre) porque me empeño en el encuentro. El lugar que me haga feliz sin importarme el silencio, mirándome las manos, disfrutando de mi hallazgo.

lunes, 16 de abril de 2018

Desastre


Me persigue el casi imperceptible ruido del miedo. Está ahí, aunque no esté, como siempre, taladrando cabezas, despejando sueños, improvisando desavenencias. Cuando no soy, meto la pata. Cuando soy, también. A veces, instintivamente, como algo cotidiano y automatizado por el cuerpo, suelto todo el desastre, sacudiendo los brazos y carraspeando la garganta. Si pudiera, me contendría, aunque implosionase. Solo para corroborar mi teoría de que no hay manera alguna de poder hacerlo bien.



martes, 19 de diciembre de 2017

26


Media hora antes, me he puesto a recoger el cuarto como loca. He tomado la ropa del suelo, la he doblado delicadamente y la he colocado en el armario, cada cosa en su sitio. He barrido bajo la cama, quitado toda esa pelusa que acumulaba de semanas, aunque pareciera de años. He sacudido la cama como si intentara despegar de ella los fantasmas de la noche y he quemado palo santo para rociar la habitación de la cura que necesito. No es nada personal e inconfesable, todos necesitamos un poco de madera que nos sane el cuerpo.

Cuando he visto que las plantas están estrictamente regadas, los collares desenredados, las bragas en el cesto de ropa sucia y las botellas de agua llenas de colillas en la basura, me he tumbado a mirar el techo, que es más gris que las paredes porque en su día decidí que estaba muy cansada para seguir dando brochazos.  Pero la rendición no me asusta, porque solo me rindo con las cosas que no tienen importancia: techos grises, lavadoras llenas, neveras eternamente vacías… A pesar de que hable sobre todas estas cosas de persona que se rinde a la cotidianidad.

No doy por vencida, por ejemplo, mi copa de vino solitaria. Ni mis bailes frente al espejo. Ni mis fantasías de cruzarme contigo cuando ando por la ciudad. Ni mis ganas de compartir, como si no hubiera sucedido si no lo contase. Ni mis ganas de hacer todo lo que no soy capaz de hacer, como si no tuviera vergüenza. Ni mis ganas de estrenar zapatos. Ni mis ganas de llorar todos los años en la misma fecha, que casualmente es cuando suelo hacerme mayor. Ni mis ganas de subirme a las sillas y gritar que brindemos. Brindemos pues, que la vida está para eso.  

lunes, 4 de diciembre de 2017

Mañanas en Londres

En las mañanas como esta, cuando el sol acaricia el cemento de la ciudad, la aclara, la hace brillar, y en las aceras no existen transeúntes, solo colillas de la noche anterior, y el metro está vacío y las cámaras aprovechan para retratar las calles solitarias... es en estas mañanas cuando Londres me sonríe mientras saluda con la mano, y me invade la templanza, respiro hondo y profundo para cargar el pecho de grandeza. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Interiorismo

Me levanto dispuesta a comprar una planta. Una que llene el cuarto de vida, perfecta para mis noches solitarias, y que me acompañe en la locura, cuando pienso que debería ser como todas esas chicas que muestran en las películas, con vidas perfectas, camas perfectas, plantas perfectas. La mía será -pienso- como ella quiera, y la cuidaré regándola, poniéndole música, sacándola al balcón los días templados y cantándole a sus flores, que me arroparán al dormir. 

martes, 17 de enero de 2017

20

No éramos dos,
sino cuatro

Bebíamos Whisky
y consumíamos
Marlboro.
Nos reíamos
de los toros,
Las Ventas,
de todos los
demás.

Nos tumbábamos
en suelos
pegajosos
de un
piso interior,
sin ventanas
ni ventilación
y leíamos a
Bukowski
porque
creíamos
ser capaces
de vivir
como él,
entre genitales
ajenos
y pesadumbres
alcohólicas.

Los veinte
nos hacían
bravos,
o el calor
de septiembre,
no sé.
Andábamos
con medias
nalgas
al aire
y con los
pechos
descubiertos
mientras
rompíamos
camas
de metro treinta.

Todas las
teorías
sobre el
universo
parecían
fascinantes.
Al acabar,
nos tumbábamos
de nuevo
en el suelo
pegajoso
para imaginar
estrellas
en el

techo.

sábado, 14 de enero de 2017

Contaminada


Tocaba comida familiar, como todos los domingos -y supongo que como todos los domingos de todas las familias españolas-. Nos sentamos unas trece personas alrededor de la mesa del jardín de la abuela, que siempre olía a una mezcla de chucho y azahar, imposible de borrar de la memoria olfativa. Por aquel entonces todavía nos juntábamos todos a devorar la paella que mi tío cocinaba, como buena familia valenciana. Fue él mismo quien lanzó la pregunta que todos los santos domingos esperaba temerosa: “Y tú, ¿no te has echado novio todavía?”. Yo tenía catorce años. “No entiendo con lo alta y lista que eres”, (lo de guapa prefirió suprimirlo), “cómo no encuentras a nadie”. Con el tono en el que lo espetó me pareció que más bien se preguntaba que cómo era posible que yo no le gustase a nadie, con lo alta y lista que era, como si fuera mi culpa que, con catorce años, no tuviese novio. La pregunta no me pilló por sorpresa y venía preparada de casa. ¿Y si era yo la que no había encontrado a nadie bueno para mí? ¿Y si ningún chico era lo suficientemente alto y listo? ¿Acaso estaba condenada al fracaso por no tener novio- a los catorce-? La cuestión me enfadaba, pero siempre dejaba que me invadiese esa sensación de adolescente frustrada por no tener a nadie quien me quisiese como todos los hombres quieren a Jennifer Aniston en sus películas. Así que, aquel día, dispuesta a cambiar mi destino, espeté enfadada: “No quiero novio”.

—¿Y eso por qué? ¿Ya te has desenamorado? Eres demasiado joven para que el corazón te haya hecho crack.

Lo cierto es que en aquel momento me pareció una respuesta de adulto inteligente, de persona curtida por los años ¡qué sabía yo de corazones rotos con lo joven que era! ¡Cómo era posible que no quisiese novio! Fue diez años después cuando sentí aquel crack al que mi tío se refería. Una catástrofe anunciada, he de decir. Todo el mundo sabía que tarde o temprano acabaría devastada por los estragos del amor, bebiendo mucho y comiendo poco. Incluso yo misma, antes del nefasto acontecimiento, era consciente de la condición caduca de mi relación. Pero uno de los atributos – no sé si bueno o malo- del ser humano es que nunca pierde la esperanza. Leí en algún sitio que es lo único que nos mantiene con vida, así que yo contribuí a la teoría con mi parte y la estiré hasta el destrozo. Si hubiera sabido antes de los efectos secundarios del elixir químico y endorfínico del amor, igual me hubiera retirado a tiempo. Pero no, ahí estaba yo, rota y perdida, con el cortisol por las nubes preguntándome qué iba a hacer con tantos añicos. En ese momento, un amigo al que le lloraba en la barra del bar, como ironías de la vida, me dijo convencido: “eres demasiado mayor para que te rompan el corazón”.

La comida familiar duró como siempre todo el día. Mi tío seguía sin comprender por qué yo – a los catorce años- no tenía novio con lo alta y lista que era. En el fondo, yo tampoco lo entendía y me sentí fea, como todas las mujeres en este mundo se han sentido alguna vez. Sería simplista y reduccionista culpar a mi tío de todas mis relaciones fallidas pero debo admitir que analizando esto, ahora lo entiendo todo mucho mejor. 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Pretenciosos

Sentados con las piernas cruzadas, somos dos cuerpos libres que, desnudos, les gusta descubrir el calor del radiador. Hace mucho frío fuera. Tiritamos con el viento pero nada de eso importa, porque en abrazos nos derretimos y nos decimos cuánto nos queremos, que es mucho. Mientras tanto, la ciudad se pinta de gris y nosotros de furia; lo queremos todo. Somos rey y reina desempeñando nuestra particular cruzada. Ambos nos parecemos el chico y la chica más guapa. Nos hacemos creer nuestra valía. Somos igual de valiosos que el Sol en Gran Bretaña, y eso es muy pretencioso. Pero nos da igual. 

martes, 13 de diciembre de 2016

La boda

 (sueño)

Mi boda estaba llena de girasoles resplandecientes. Yo me visto con mesura en un bonito y elegante vestido blanco, sin florituras ni volantes. Plano, tan plano como el amor. El novio está conmigo en la misma habitación. Las supersticiones quedan para los demás, nosotros queremos compartir ese momento previo: dudar juntos, mirarnos a los ojos (qué profundos y verdes ojos los de él) y preguntarnos ¿de verdad queremos lanzarnos al abismo?

Yo estoy colocándome las últimas horquillas en el moño. Él llega y me despeina. “Así, como siempre”, dice. Le coloco los gemelos en los puños de la camisa. Todavía tiene la corbata desabrochada y, de repente, dando un pequeño brinco, me acuerdo de las flores. Me despido de él y bajo a la floristería del barrio. Voy con el vestido de novia por la calle, remangándome la falda. El florista me enseña lo que le queda: cardos lilas, flores secas y algún que otro cactus. Me apeno, porque había pensado en un ramo de gerberas. “También tenemos esto, pero no creo que te guste”. Entonces abre el armario de detrás del mostrados y ahí están las flores perfectas: tres girasoles dorados llenos de vida.

En el camino de vuelta a casa me encuentro a mis padres. Han venido a mi boda como si se tratase de una quedada de vinos en la plaza. Mis hermanos son pequeños y me abrazan. Cuando llegamos a casa, el novio saluda a la familia y me susurra: “estoy listo”. Me calma los nervios verle con la corbata atada.

Vamos los dos agarrados de la mano hacia el altar. El lugar está oscuro, no hay ninguna luz salvo la que mis girasoles brillantes desprenden. Allí estamos los dos, frente al altar, esperando a que alguien nos pregunte lo que se pregunta en todos los casamientos. Él asiente con la cabeza, como aprobando la acción. “Espera”, digo, y voy corriendo hacia donde se encuentra Elena y le entrego un girasol. Voy corriendo hacia donde se encuentra Daiana y le entrego un girasol. Regreso adonde se encuentra el novio y le entrego un girasol. Me quedo sin ramo y me despierto del sueño.

jueves, 20 de octubre de 2016

Cítricos

Siempre he pensado que ni mamá ni Gloria tienen arrugas porque pasaban los veranos entre el amor de los cítricos. Sus pieles están tersas como la naranja que cuelga del árbol esperando a que la arranquemos justo en el momento del día en el que el cielo se torna de su mismo color.

A la abuela, que dejó de pasear entre naranjos hace tiempo, se le han acentuado las patas de gallo de una manera descomedida. Su cuerpo es más pasa desde que ha olvidado que a las raíces hay que ofrecerles agua, que no florece el azahar sin el recuerdo. Apostaría lo que fuese a que no son sus ochentas sino la falta de beta caroteno o vitamina C en la memoria lo que la envejece.

Las naranjas nunca se dispersan, están ahí para nosotras, dispuestas a curarnos el estómago o cualquier víscera que tengamos fuera de su sitio, resquebrajado, hecho añicos. No les doy la importancia que merecen, al fin y al cabo me han nutrido la infancia y me recuerdan cuál es el lugar al que siempre puedo volver.

domingo, 9 de octubre de 2016

Desaprender

Quiero sacar el humo
de adentro. Correr
por los campos. Croquetear
en sus lomas.

Desaprender a
arrancar flores, contemplar
la dolencia como algo ajeno a mí
y seguir aleteando con la brisa,
como si tuviera paz.

Quiero gritarle a la vida.
que me deje estar; vivir
al desnudo, con la algarabía
del momento.

Condicionar el amor,
restringirlo a mi propio devenir
y que los días pasen sintiendo
mi pelo revuelto.

Que estoy aquí
Que soy tangible
Que me voy a casa andando

como un signo de LIBERTAD. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Incombatible

11/07/2016

Estamos a julio y pocas veces he visto el sol. Por aquí llueve más de lo que estoy acostumbrada. Me acuerdo de los días de radio y los extraño, como si fueran amigos. La vida pasa y no me doy cuenta, pero sí. 
El incansable desprecio que perdura en la cabeza.
El incombatible malestar de la incertidumbre. 

sábado, 13 de agosto de 2016

Yo también quiero un polvo


Ana tiene una voz aguda muy peculiar. A veces titubea demasiado y dice “en plan” y “osea, como” muchas veces. Su boca vibra con las palabras. Me cuenta que quiere un amor. Pegamos sorbos largos a la lata de cerveza, tumbadas en el césped del London Field. Ana quiere un amor y bebe cerveza, y titubea al hablar. Una cosa lleva a la otra y no puedo evitar recordar los romances que he tenido a lo largo de la vida. Está Juanan, el chico de pueblo sin ambiciones con el que nada compartía y que ahora es emprendedor (palabra que mola mucho pero no sé muy bien lo que significa). Juan Carlos, un romántico ya casado. Guillermo, el músico que creía que lo nuestro podría funcionar. Mani, el parisino que me besaba la frente. Pedro Makay, con apellido, porque era un producto musical que acabó dándome pereza. Borja, al que en estos momentos sigo detestando por no haberme querido como yo a él. Ha habido otros tantos – muchos- nombres, pero no recuerdo ni la mitad.

Total, que Ana me explica que no sabe elegir, que se enamora de ‘raros’, por eso siempre sale todo mal. A mí realmente me da igual lo que me está contando porque yo no quiero un amor, quiero un nuevo trabajo; cosas distintas, pero que, en el fondo, causan la misma sensación de desengaño. Caos vital, que lo llamo yo.

Comparar amor y trabajo puede parecer frívolo, pero, si te paras a pensar pasan por los mismos patrones: desabrimiento por no tener uno, resignación por tener uno que no te gusta, aburrimiento cuando lo has tenido por mucho tiempo. Así que llego a la conclusión, mientras seguimos bebiendo cerveza, de que lo que necesito son pequeños sucesos motivadores. Ana se ríe y dice: “eso, yo también quiero un polvo”. 

sábado, 9 de abril de 2016

Domingos luchaneros

A veces los domingos no son tan irritables.
Tomamos el sol en el pequeño balcón de la casa, charlamos con la vecina, que cumplirá diez años en Luchana el próximo noviembre, bebemos sidra, fumamos desmesuradamente entre risa y risa, y planeamos viajes que nunca emprenderemos.
Todo parece un mal ajeno, nos damos cuenta de que tenemos más tiempo que vida, que se pueden contar las horas de descanso, contamos el total de momentos como este. No nos suele gustar la tranquilidad, pero la disfrutamos, la agradecemos, la vivimos como cualquer otra situación adrenalínica.
Nos desnudamos y nos miran los transeúntes. Llamamos a Yoli, le contamos qué tal todo, ensaltamos el amor que nos sobra, nos comparamos las braguitas, nos quitamos pelos de los pechos. Apreciamos la naturalidad en toda su esencia y, sin más remedio, nos dejamos hacer por las tardes que pasamos juntos, en silencio. Porque a veces somos felices y no nos importa.