jueves, 20 de octubre de 2016

Cítricos

Siempre he pensado que ni mamá ni Gloria tienen arrugas porque pasaban los veranos entre el amor de los cítricos. Sus pieles están tersas como la naranja que cuelga del árbol esperando a que la arranquemos justo en el momento del día en el que el cielo se torna de su mismo color.

A la abuela, que dejó de pasear entre naranjos hace tiempo, se le han acentuado las patas de gallo de una manera descomedida. Su cuerpo es más pasa desde que ha olvidado que a las raíces hay que ofrecerles agua, que no florece el azahar sin el recuerdo. Apostaría lo que fuese a que no son sus ochentas sino la falta de beta caroteno o vitamina C en la memoria lo que la envejece.

Las naranjas nunca se dispersan, están ahí para nosotras, dispuestas a curarnos el estómago o cualquier víscera que tengamos fuera de su sitio, resquebrajado, hecho añicos. No les doy la importancia que merecen, al fin y al cabo me han nutrido la infancia y me recuerdan cuál es el lugar al que siempre puedo volver.

domingo, 9 de octubre de 2016

Desaprender

Quiero sacar el humo
de adentro. Correr
por los campos. Croquetear
en sus lomas.

Desaprender a
arrancar flores, contemplar
la dolencia como algo ajeno a mí
y seguir aleteando con la brisa,
como si tuviera paz.

Quiero gritarle a la vida.
que me deje estar; vivir
al desnudo, con la algarabía
del momento.

Condicionar el amor,
restringirlo a mi propio devenir
y que los días pasen sintiendo
mi pelo revuelto.

Que estoy aquí
Que soy tangible
Que me voy a casa andando

como un signo de LIBERTAD. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Incombatible

11/07/2016

Estamos a julio y pocas veces he visto el sol. Por aquí llueve más de lo que estoy acostumbrada. Me acuerdo de los días de radio y los extraño, como si fueran amigos. La vida pasa y no me doy cuenta, pero sí. 
El incansable desprecio que perdura en la cabeza.
El incombatible malestar de la incertidumbre. 

sábado, 13 de agosto de 2016

Yo también quiero un polvo


Ana tiene una voz aguda muy peculiar. A veces titubea demasiado y dice “en plan” y “osea, como” muchas veces. Su boca vibra con las palabras. Me cuenta que quiere un amor. Pegamos sorbos largos a la lata de cerveza, tumbadas en el césped del London Field. Ana quiere un amor y bebe cerveza, y titubea al hablar. Una cosa lleva a la otra y no puedo evitar recordar los romances que he tenido a lo largo de la vida. Está Juanan, el chico de pueblo sin ambiciones con el que nada compartía y que ahora es emprendedor (palabra que mola mucho pero no sé muy bien lo que significa). Juan Carlos, un romántico ya casado. Guillermo, el músico que creía que lo nuestro podría funcionar. Mani, el parisino que me besaba la frente. Pedro Makay, con apellido, porque era un producto musical que acabó dándome pereza. Borja, al que en estos momentos sigo detestando por no haberme querido como yo a él. Ha habido otros tantos – muchos- nombres, pero no recuerdo ni la mitad.

Total, que Ana me explica que no sabe elegir, que se enamora de ‘raros’, por eso siempre sale todo mal. A mí realmente me da igual lo que me está contando porque yo no quiero un amor, quiero un nuevo trabajo; cosas distintas, pero que, en el fondo, causan la misma sensación de desengaño. Caos vital, que lo llamo yo.

Comparar amor y trabajo puede parecer frívolo, pero, si te paras a pensar pasan por los mismos patrones: desabrimiento por no tener uno, resignación por tener uno que no te gusta, aburrimiento cuando lo has tenido por mucho tiempo. Así que llego a la conclusión, mientras seguimos bebiendo cerveza, de que lo que necesito son pequeños sucesos motivadores. Ana se ríe y dice: “eso, yo también quiero un polvo”. 

sábado, 9 de abril de 2016

Domingos luchaneros

A veces los domingos no son tan irritables.
Tomamos el sol en el pequeño balcón de la casa, charlamos con la vecina, que cumplirá diez años en Luchana el próximo noviembre, bebemos sidra, fumamos desmesuradamente entre risa y risa, y planeamos viajes que nunca emprenderemos.
Todo parece un mal ajeno, nos damos cuenta de que tenemos más tiempo que vida, que se pueden contar las horas de descanso, contamos el total de momentos como este. No nos suele gustar la tranquilidad, pero la disfrutamos, la agradecemos, la vivimos como cualquer otra situación adrenalínica.
Nos desnudamos y nos miran los transeúntes. Llamamos a Yoli, le contamos qué tal todo, ensaltamos el amor que nos sobra, nos comparamos las braguitas, nos quitamos pelos de los pechos. Apreciamos la naturalidad en toda su esencia y, sin más remedio, nos dejamos hacer por las tardes que pasamos juntos, en silencio. Porque a veces somos felices y no nos importa.

lunes, 29 de febrero de 2016

El parche

 (sueño)


Éramos piratas.
Los barriles de madera,
uno en cada esquina del barco,
llenos de agua verdosa.

Los otros piratas jugaban a las cartas,
pero no llevaban parche,
ni sombrero,
ni pañuelo,
ni loro.

Yo estaba triste
porque te tenías que marchar.
Cuando llegó el momento,
zarpaste en un barco.
Los barriles rodaban por la proa.

Yo me quedé con los demás piratas,
jugando a las cartas,
y me puse parche,
sombrero,
pañuelo
y loro.

sábado, 27 de febrero de 2016

La derrota

La derrota es la excusa
que uno se pone
para quedarse estático,
para no rodar,
como maletas modernas,
por los pasillos,
los escombors,
los días de gravedad.

Entre tanto desgaire
yo bailo.
Si me paro
me ahogo.
Me fatiga la inmovilidad
que la derrota produce al cuerpo.

Quien quiera unirse a mi paso
-un dos tres, un dos tres y vuelta-
que me tome de la mano
y gire conmigo,
pero que no pare la danza,
porque mi propósito es bailar
entera y eternamente.