miércoles, 3 de abril de 2019

Repostería

Coloco el queso crema en el recipiente y bato con calma. Afuera llueve en una rara tarde de junio. Me quedo ensimismada mirando las baldosas grasientas de la cocina. No estoy pensando en nada en concreto- la crema se va deshaciendo mientras bato-, en el tiempo que no voy a estar contigo hoy, que se me antoja mucho. Ojalá batirte así de lento ahora mismo. Ojalá que me digas otra vez lo mucho que te gusta agarrarme de la mano mientras me estremezco entre las sábanas. [Ahora sí, me pregunto qué pasará cuando de nuevo me tenga que ir. No se muy bien a dónde].

Enciendo el horno a 200 grados. Limpio lo que he ensuciado de harina y mantequilla en la encimera. Vierto la masa en el molde y horneo. Me siento con el delantal puesto. Sucio. Nunca lo suelo utilizar, pero me gusta cómo me queda. Compostura de persona que disfruta las tardes lluviosas sin esperar a que escampe.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

27


Si me pongo a pensar - y lo hago mucho- en aquel colgante verde que perdí, mi atesorado colgante verde de la buena suerte que perdí, no puedo evitar preguntarme qué habría sido de mi vida si todavía lo llevara puesto.
A veces pierdo la cabeza también. Lo noto con los deseos intangibles, los que quiero confesar y no me atrevo. Quedan unas horas para volverme tarada de nuevo, para escurrirme entre números pensando que, ¡joder! ya no hay vuelta atrás. Ni colgante verde de la buena suerte. Pero decido consumir el tiempo con cigarrillos y me visto en un intento de guapa. Igual ya no me importa - aunque un poco sí - que el tiempo pase siendo feliz, que es una palabra cursi que uso mucho y no me gusta nada. Será su sonoridad. Será que no tengo mi colgante verde de la buena suerte. Será que diciembre es siempre nostálgico y a mi, en el fondo, me gusta.
De nuevo la pregunta: ¿qué hubiera sido de mi vida si no hubiera perdido mi colgante verde de la buena suerte? Si no lo hubiera perdido, me digo, como perdí aquella vez ese avión a Edimburgo, o como aquella otra vez mi vaquero favorito - todavía no sé cómo - o mi pendiente de aro, o mi primer amor... cuántos caminos hubiera dejado atrás. Si no hubiera perdido mi colgante verde de la buena suerte.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Otra vez en sueños


Me oprimías la tripa, la devorabas por dentro. Como un parásito raro al que debía de extirpar con bisturí. Nadabas dentro cual sapo de cenagal. Un asqueroso bicho metido en el estómago. Vivía con miedo a que pudieras abrirme en carne y pedir que te amamantase. Era más la sensación de compartir espacio y cuerpo contigo, que saber que pudieras existir. Y existías.

Solo necesité un instante, un momento de caos en el que te di por perdida, en el que ya no notaba un bulto sobresaliendo en el ombligo, en el que creía que ya no consumías vísceras, cuando te lloré temblorosa para que volvieras a ser el tedioso bicho que cargaba conmigo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Hallazgo


La soledad tiene eso del aguante. Camino sin rumbo, con pies dolientes y mente confusa. No importa lo cansada que esté, sigo con el trote (o el arrastre) porque me empeño en el encuentro. El lugar que me haga feliz sin importarme el silencio, mirándome las manos, disfrutando de mi hallazgo.

lunes, 16 de abril de 2018

Desastre


Me persigue el casi imperceptible ruido del miedo. Está ahí, aunque no esté, como siempre, taladrando cabezas, despejando sueños, improvisando desavenencias. Cuando no soy, meto la pata. Cuando soy, también. A veces, instintivamente, como algo cotidiano y automatizado por el cuerpo, suelto todo el desastre, sacudiendo los brazos y carraspeando la garganta. Si pudiera, me contendría, aunque implosionase. Solo para corroborar mi teoría de que no hay manera alguna de poder hacerlo bien.



martes, 19 de diciembre de 2017

26


Media hora antes, me he puesto a recoger el cuarto como loca. He tomado la ropa del suelo, la he doblado delicadamente y la he colocado en el armario, cada cosa en su sitio. He barrido bajo la cama, quitado toda esa pelusa que acumulaba de semanas, aunque pareciera de años. He sacudido la cama como si intentara despegar de ella los fantasmas de la noche y he quemado palo santo para rociar la habitación de la cura que necesito. No es nada personal e inconfesable, todos necesitamos un poco de madera que nos sane el cuerpo.

Cuando he visto que las plantas están estrictamente regadas, los collares desenredados, las bragas en el cesto de ropa sucia y las botellas de agua llenas de colillas en la basura, me he tumbado a mirar el techo, que es más gris que las paredes porque en su día decidí que estaba muy cansada para seguir dando brochazos.  Pero la rendición no me asusta, porque solo me rindo con las cosas que no tienen importancia: techos grises, lavadoras llenas, neveras eternamente vacías… A pesar de que hable sobre todas estas cosas de persona que se rinde a la cotidianidad.

No doy por vencida, por ejemplo, mi copa de vino solitaria. Ni mis bailes frente al espejo. Ni mis fantasías de cruzarme contigo cuando ando por la ciudad. Ni mis ganas de compartir, como si no hubiera sucedido si no lo contase. Ni mis ganas de hacer todo lo que no soy capaz de hacer, como si no tuviera vergüenza. Ni mis ganas de estrenar zapatos. Ni mis ganas de llorar todos los años en la misma fecha, que casualmente es cuando suelo hacerme mayor. Ni mis ganas de subirme a las sillas y gritar que brindemos. Brindemos pues, que la vida está para eso.  

lunes, 4 de diciembre de 2017

Mañanas en Londres

En las mañanas como esta, cuando el sol acaricia el cemento de la ciudad, la aclara, la hace brillar, y en las aceras no existen transeúntes, solo colillas de la noche anterior, y el metro está vacío y las cámaras aprovechan para retratar las calles solitarias... es en estas mañanas cuando Londres me sonríe mientras saluda con la mano, y me invade la templanza, respiro hondo y profundo para cargar el pecho de grandeza.