jueves, 20 de septiembre de 2018

Otra vez en sueños


Me oprimías la tripa, la devorabas por dentro. Como un parásito raro al que debía de extirpar con bisturí. Nadabas dentro cual sapo de cenagal. Un asqueroso bicho metido en el estómago. Vivía con miedo a que pudieras abrirme en carne y pedir que te amamantase. Era más la sensación de compartir espacio y cuerpo contigo, que saber que pudieras existir. Y existías.

Solo necesité un instante, un momento de caos en el que te di por perdida, en el que ya no notaba un bulto sobresaliendo en el ombligo, en el que creía que ya no consumías vísceras, cuando te lloré temblorosa para que volvieras a ser el tedioso bicho que cargaba conmigo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Hallazgo


La soledad tiene eso del aguante. Camino sin rumbo, con pies dolientes y mente confusa. No importa lo cansada que esté, sigo con el trote (o el arrastre) porque me empeño en el encuentro. El lugar que me haga feliz sin importarme el silencio, mirándome las manos, disfrutando de mi hallazgo.

lunes, 16 de abril de 2018

Desastre


Me persigue el casi imperceptible ruido del miedo. Está ahí, aunque no esté, como siempre, taladrando cabezas, despejando sueños, improvisando desavenencias. Cuando no soy, meto la pata. Cuando soy, también. A veces, instintivamente, como algo cotidiano y automatizado por el cuerpo, suelto todo el desastre, sacudiendo los brazos y carraspeando la garganta. Si pudiera, me contendría, aunque implosionase. Solo para corroborar mi teoría de que no hay manera alguna de poder hacerlo bien.



martes, 19 de diciembre de 2017

26


Media hora antes, me he puesto a recoger el cuarto como loca. He tomado la ropa del suelo, la he doblado delicadamente y la he colocado en el armario, cada cosa en su sitio. He barrido bajo la cama, quitado toda esa pelusa que acumulaba de semanas, aunque pareciera de años. He sacudido la cama como si intentara despegar de ella los fantasmas de la noche y he quemado palo santo para rociar la habitación de la cura que necesito. No es nada personal e inconfesable, todos necesitamos un poco de madera que nos sane el cuerpo.

Cuando he visto que las plantas están estrictamente regadas, los collares desenredados, las bragas en el cesto de ropa sucia y las botellas de agua llenas de colillas en la basura, me he tumbado a mirar el techo, que es más gris que las paredes porque en su día decidí que estaba muy cansada para seguir dando brochazos.  Pero la rendición no me asusta, porque solo me rindo con las cosas que no tienen importancia: techos grises, lavadoras llenas, neveras eternamente vacías… A pesar de que hable sobre todas estas cosas de persona que se rinde a la cotidianidad.

No doy por vencida, por ejemplo, mi copa de vino solitaria. Ni mis bailes frente al espejo. Ni mis fantasías de cruzarme contigo cuando ando por la ciudad. Ni mis ganas de compartir, como si no hubiera sucedido si no lo contase. Ni mis ganas de hacer todo lo que no soy capaz de hacer, como si no tuviera vergüenza. Ni mis ganas de estrenar zapatos. Ni mis ganas de llorar todos los años en la misma fecha, que casualmente es cuando suelo hacerme mayor. Ni mis ganas de subirme a las sillas y gritar que brindemos. Brindemos pues, que la vida está para eso.  

lunes, 4 de diciembre de 2017

Mañanas en Londres

En las mañanas como esta, cuando el sol acaricia el cemento de la ciudad, la aclara, la hace brillar, y en las aceras no existen transeúntes, solo colillas de la noche anterior, y el metro está vacío y las cámaras aprovechan para retratar las calles solitarias... es en estas mañanas cuando Londres me sonríe mientras saluda con la mano, y me invade la templanza, respiro hondo y profundo para cargar el pecho de grandeza. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Interiorismo

Me levanto dispuesta a comprar una planta. Una que llene el cuarto de vida, perfecta para mis noches solitarias, y que me acompañe en la locura, cuando pienso que debería ser como todas esas chicas que muestran en las películas, con vidas perfectas, camas perfectas, plantas perfectas. La mía será -pienso- como ella quiera, y la cuidaré regándola, poniéndole música, sacándola al balcón los días templados y cantándole a sus flores, que me arroparán al dormir. 

martes, 17 de enero de 2017

20

No éramos dos,
sino cuatro

Bebíamos Whisky
y consumíamos
Marlboro.
Nos reíamos
de los toros,
Las Ventas,
de todos los
demás.

Nos tumbábamos
en suelos
pegajosos
de un
piso interior,
sin ventanas
ni ventilación
y leíamos a
Bukowski
porque
creíamos
ser capaces
de vivir
como él,
entre genitales
ajenos
y pesadumbres
alcohólicas.

Los veinte
nos hacían
bravos,
o el calor
de septiembre,
no sé.
Andábamos
con medias
nalgas
al aire
y con los
pechos
descubiertos
mientras
rompíamos
camas
de metro treinta.

Todas las
teorías
sobre el
universo
parecían
fascinantes.
Al acabar,
nos tumbábamos
de nuevo
en el suelo
pegajoso
para imaginar
estrellas
en el

techo.