jueves, 10 de abril de 2008

COPIADOS A OJO

-No. ¡Están copiados a ojo!_ vociferó enfadada porque yo había insinuado que los había calcado_ Si tú no sabes hacerlos mejor, no es mi problema.
Y tras aquello, enojada, se levantó y comenzó a recoger sus cosas algo molesta.
Ambos aspirábamos a artistas, aunque ella, además, también quería ser actriz: le encantaba el arte dramático. ¡Y nunca un término mejor! Ella era la reina del drama. Exaltaba su voz cada vez que intentaba llamar la atención y dramatizaba siempre el momento con unas lagrimillas y añadiendo siempre estas palabras: “¡Oh, es que me encuentro fatal! ¿No lo entiendes?” Eran automáticas cuando veía que se estaba comportando como una cría, (de hecho, todavía no llegaba a ser adulta).
Parecía una maniática incontrolable, una pobre víctima más de sus propias palabras.
Yo sabía que tendría que recoger mis cosas de la mesa y salir corriendo tras ella hasta alcanzarla si no quería que el asunto se pusiera feo.
-Sarah, espera…- le dije, medio gritando para que me pudiera oír.
Me conocía la historia de memoria: a ella en realidad le gusta que le persiga porque así se siente importante, por eso corre cada vez más aprisa cuando se percata de que yo la estoy siguiendo, y así sabrá si soy capaz de correr tras ella más aún, y cuando la alcance, se girará, me abrazará y me pedirá perdón por lo egoísta que ha sido. Y de hecho, así sucedió:
-Lo siento,-dijo, todavía abrazada a mi cuello- lo siento…
Yo le acariciaba sus finos rizos lentamente con una mano, mientras que con la otra le rodeaba la cintura.
En cierta forma la entendía: su vida no en aquellos momentos no pasaba por buena fase. De vez en cuando me contaba algunas cosillas de su entorno familiar, y resultaban ser algo tristes. Ahora más que nunca, (aunque siempre lo ha necesitado) necesitaba atención. Un par de mimos, unas caricias y cuatro piropos; aquello siempre resultaba y se sonrojaba a la vez que te sonreía, y tú agradecías esa diminuta sonrisa, que significaba en realidad un “gracias” a tus halagos.
-¿Crees que podrás perdonarme?- un hilillo de voz fue lo que le salió a la pobre.
Yo sonreí sin que pudiera verme, ya que estábamos todavía abrazados.
-Tonterías; no tengo que perdonar nada.
Se soltó de mi cuello, me dio un beso en la mejilla, y añadió:
-Eres un gran amigo.
Yo asentí con tristeza, porque en el fondo, ambos sabíamos que yo aspiraba a algo más.

Laura Martínez García.

7 comentarios:

Sombras en el corazón dijo...

Yo también quiero un amigo así que te conoce de memoria y encima es comprensivo. ¿Dónde está la cola?

Un abrazo

Jorge Luis Freire dijo...

bonita ilustración. es tuya?

Lau dijo...

por desgracia no tengo el arte de la pintura...

fabián dijo...

no desaparezco, sólo me mudo, cuando comience a escribir en mi nuevo blog te aviso.

besos

Deva dijo...

Un poco crudo el final, nunca podría ser amigo de una máquina completamente predecible, que achaca todo a las circunstancias.

Vale Becker dijo...

Me gustó mucho la historia!! El beso fianl, el mejor! :)

Van Boto dijo...

Buenas, me ha gustado el relato,
un saludo¡¡