lunes, 3 de marzo de 2008

Interminable...

Sonó el teléfono aquella noche de luna llena. Lo cogí, deseando que fuera mi amiga invitándome a salir. Con suerte, era Iris, quien quería dar una vuelta y pasarse por una fiesta que había por Neu-Ulm, la ciudad de al lado.
Rápidamente, y con eficacia, recogí de una pasada mi perlo enmarañado, cogí una chaqueta del perchero y me dirigí hasta la parada del autobús. Era tarde, aunque no demasiado.
Los grillos cantaban: <<>> Era lo único que podía oír, a pesar de que dicen que el frío hace que se escuchen menos. Ni un coche, ni una moto, ni una bicicleta pasaba por aquella carretera, y yo, sentada en la parada, comencé a temblar un poco, y no del frío precisamente.
Miré hacia mi izquierda: dos focos de luz me cegaron. Era el autobús que se acercaba hacia mí. Cuando paro, entré, pagué y me senté en una butaca vacía. En realidad todas estaban vacías.
Iba tambaleándome al son del bus, ya que sus movimientos en la carretera eran un poco bruscos. Cuando se detuvo en la siguiente parada, me bajé. Sé que quedaban todavía un par de ellas más para llegar al sitio, pero no sé qué me daba más miedo: si andar sola hasta aquella fiesta, o seguir sentada en el bus e imaginarme a un conductor loco con un cuchillo en la mano atacándome. Lo sé, tengo una imaginación algo penosa.
Vi cómo el autobús me abandonaba y se alejaba por la oscura carretera. De nuevo el sonido de los grillos: <> y esta vez se le sumaba el sonido del crujir de las hojas secas que yo pisaba.
No había nadie en las penumbrosas calles de Ulm. Las farolas estaban apagadas, y ni siquiera el brillo de la Luna llena iluminaba el camino. En las casas todas las luces estaban apagadas también. La oscuridad invadía espacio, aunque estaría por ver si el tiempo también.
A mí, sin importarme continué mi camino. Pero tal negrura había, que me perdí en el infinito negro de la carretera. Me desorienté, pero cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Con cierto esfuerzo, divisé de nuevo una parada de autobús allá a lo lejos. Y decidí sentarme a esperar el próximo para que me explicase el camino, o si no, subirme en él. Cuando llegué, me senté en su banco azul e incómodo, algo sucio por la ajetreada vida que llevaba y porque la gente la verdad era un poco cochina.
De nuevo el silencio me invadía, ya ni siquiera el canto de los grillos sonaban; y aquel sosiego que mi cuerpo poseía, se fue desvaneciendo y convirtiendo en un miedo aterrador.
De repente, a lo lejos, vi a un señor acercarse hasta la parada. Mientras se iba a cercando, cada vez me daba más cuenta que se parecía menos a lo que era un humano, un “ser” le atribuí yo a su descripción.
Vestía ropas negras, y su rostro no lo conseguí ver, a pesar de que cada vez se iba acercando más y más. Pensé en salir corriendo, pero el miedo me lo impedía.
Mi respiración ya no era regular, sino fuerte y rápida. Tenía la pelusilla de los brazos erizados, y cuando por fin se halló a mi lado pude contemplarle: tenía una mirada ausente, unos labios finos y serios. Una nariz pequeña, aunque puntiaguda, y sus ojos… Aquellos ojos jamás podré olvidarlos. Parecían dos pozos negros sin fondo, donde te podías sumergir en su infinita tristeza y saborear el dolor junto a él. Dos ojos que miraban por mirar, y que no sabían lo que veían, por eso, dudé de si se había percatado de mi presencia.
De repente, desperté.
Eran las once y cinco de la noche. A partir de ahí no pude dormir. Sonó el teléfono, y mientras lo cogía vi que era Luna llena.
-¿Sí?- pregunté
Y al otro lado del teléfono me contestó mi amiga Iris invitándome a salir. Accedí, y tras arreglarme un poco, fue en busca del bus. Cuando paró, me senté en una de las butacas vacías: en realidad todas estaban vacías. Y en la siguiente parada, aunque todavía faltaban un par, me bajé y decidí caminar un rato. Los grillos cantaban y las ramitas secas de los árboles que yo pisaban se quebraban haciendo un pequeño ruidito:
Me perdí, de repente, y si poder hacer nada, me senté de nuevo en una parada de bus. Por cierto, qué asco de bancos…
Comencé a tener miedo, sobretodo cuando pude ver a aquel señor acercarse lentamente hacia mí.
Cuando vi sus ojos, me estremecí y me sumergí en su propia tristeza… ¿Qué quería de mí? ¿Qué significaba aquellos ojos negros? Parecía estar más perdido que yo, parecía no tener alma…
-Ayúdame- me decía.
Pero yo no sabía qué hacer. Asustada, mi corazón comenzó a latir fuertemente, y cuando pensé que me iba a estallar, desperté.
El teléfono sonó. “Ojala se mi amiga Iris invitándome a salir”
Laura Martínez. 2006

8 comentarios:

Miguel Pazos dijo...

Muy apropiado el título, Interminable, y no porque sea mala, porque es asombrosa, sino porque es una vuelta a lo mismo una y otra vez con una magistral reinvención. Felicidades.

Un saludo

Francisco José Peña Rodríguez dijo...

Te invito a entrar en mi blog, Laura: http://literaturaculturaypolitica.blogspot.com. Me gusta mucho el tuyo, que conocí a través de Miguel Pazos.
Francisco

fabián dijo...

esto me recuerda cierta paradoja que posiblemnete puerde destruirlo todo...no sé..quisiera saber si fuiste a la fiesta con tu amiga Iris.
feliz viaje

(aquí los buses también son asquerosos)

Mefistófeles dijo...

Es la sensación de los sueños (o pesadillas?) que nunca acaban, y que se repiten sin cesar.
Y no logras huir a tiempo.
Y se hacen parte de uno.
Muy buen texto, felicitaciones.

Saludos

pd: te espero en mi blog...

Mefistófeles dijo...

Pero tú eres mil veces mejor retratando el presente.

Saludos

pd: David

Reyex dijo...

Buen post, sobretodo por que pocos son lo que se atreven a hacer eso que tú haces, jugar con el tiempo... romperlo, o desportillarlo para que gire siempre sobre su eje.

Saludos y apoyo a mefistófeles en que tu estilo es el presente.

belen dijo...

Muy buena la historia. ¿Sabes que hay una peli con un esquema muy parecido? En realidad hay dos, la más famosa (una comedia que protagoniza Bill Murray, titulada "atrapado en el tiempo") es un remake de otra más antigua,cuyo título no recuerdo pero también muy buena. Si no las has visto, te las recomiendo, pasarás un buen rato. Besos

El caballero de los espejos dijo...

Cuando uno tiene un sueño repetitivo, cuesta trabajo darse cuenta de la realidad...

¿O sólo sermos un sueño de Borges?