lunes, 2 de marzo de 2009

Crónicas de una postal

Hace tiempo que he dejado mi mente en suspensión dejándome llevar por el presente, por lo que hoy por hoy vale la pena. Pero la pesadumbre del pasado ha acabado atormentándome una vez más, y eso hace que me sienta estúpida. Más de lo que soy, quiero decir.
¿Cómo ir al cielo y volver? Me pregunté en una ocasión. ¿A los cielos con ocasos? ¿A aquel en el que una tarde me pareció ver el universo entero? ¿Al cielo azul, lívido o naranja? ¿A aquel de las palabras convexas y huecas, donde el silencio de tu mirada no duele? ¿En aquel donde levitaría junto a la Luna dando órbitas ambulantes y permanecería infinitamente con una postal en la mano que, desde su principio, estaba hecha para volver a hacerme recordar?
No soy una adicta- y esto quizás sea mentira- de la soledad, amargura ni de las tragicomedias de mi vida.
Me siento viva, aunque no lo creas- y lo cierto es que doy las gracias porque jamás me he sentido inerte- y pienso reivindicar la sencillez de la vida- que no lo simple- y volveré a decir que no soy adicta a absolutamente nada, siendo esto último mentira, y esta vez sin el ‘quizás’.
-Adiós, Laurita.
-Pues Good-Bye, my Darling.- te contesté (en inglés porque acababa de llegar de Londres) con aires de prepotencia, como si me las diera de sobrada, como si no me hubieras herido, como si tuviera a otro esperándome y tu ya no me importaras.
Y, desde entonces, no volví a saber nada de ti ni de la postal.
Quizás me lo merecía, por haber pensado que jamás se te ocurriría decirme que ‘no’ y renunciar a mí.
Pero súbitamente, sentí que mi cabeza acababa de sufrir un martilleo fuerte y perturbador cuando contemplé tu tablón de corchos. Apenas estaba repleto de papeles o notas. A la derecha, simplemente el horario de tus clases y una fotografía de tus amigos, nada más. Pero, apartado de todo lo demás, algo rojo resaltaba. Era una postal, mi postal. La misma que había escrito en sucio una y otra vez para que el destinatario no pensara que estaba enamorada- y cómo detesto esta palabra en todos sus sentidos- de él; la misma que elegí con delicadeza en Londres para que pensara que tenía buen gusto. La misma de la que luego me arrepentí de comprar porque no me gustaba el dibujo que había editado en ella. La que, estando yo indecisa, mi amiga tuvo que cogerme de las manos para deslizarla por aquel buzón amarillo; aquella que seguramente él tomó en sus manos y leyó sin ni siquiera echarme una pizca de menos. Y estaba allí colgada, separada de la foto y del itinerario. Discriminada en la izquierda y envuelta en pasajes que llevaban al pasado.
Era de una puesta de sol al lado del Big-Ben. El rojo dominaba. Rojo infierno, pensé cuando, sin permiso alguno, estiré el brazo hasta alcanzarla y poder recordar las gilipolleces que podía llegar a escribir cuando pretendo ser alguien que no soy, cuando no improviso, cuando intento no ser transparente y vulnerable; algo así como opaca e inaccesible.
No, no fueron mis palabras lo primero que recordé, sino cómo había hecho el completo idiota durante aquellos dos calurosos meses.
En realidad, es lo único que se me da bien hacer, aunque no siempre me arrepiento. :-)

4 comentarios:

Francisco José Peña Rodríguez dijo...

La narración está genial; yo te pido, sin embargo, que seas ambiciosa narrativamente, que modeles tu lengua narrativa, que escribas con otros tonos y otros ritmos; en definitiva, que saques de ti lo que llevas dentro de suyo innato. Fran

Lau dijo...

últimamente estoy algo espesa, Fran

Belén dijo...

Y fíjate que estamos en la era de la comunicación, pero las postales tienen ese algo, verdad?

Besicos

AdR dijo...

Yo no te voy a pedir nada, pero sí te voy a reconocer que yo, de vez en cuando, he hecho el gilipollas durante meses, con calor y con frío. Y, como tú, nunca me arrepiento.

Besos.
P,D.: Las postales son una extensión de nuestros sentimientos.