miércoles, 25 de febrero de 2009

¿19?

No sabía muy bien qué fue lo que le propulsó a decir que sí. A pesar de que no se arrepentía, ahora se encontraba sentado en su silla de escritorio intentando averiguarlo. Quizás los recuerdos de un verano pasado, quizás las ganas de una noche movidita, o quizás la curiosidad de ver qué podía suceder a lo largo de la velada y si era verdad que todo iba a quedar resumido en una cena.
Lo cierto es que hacía tiempo que la había olvidado. Hablaba con ella de vez en cuando en el centro aquellas mañanas que se la encontraba por los fríos y azules pasillos, pero todo era muy superficial. Tan sólo un ‘hola’ y alguna que otra vez se paraban a preguntarse el uno al otro qué tal les iba; después esbozaban una sonrisa de estúpidos- que no de falsos- y cada uno volvía la espalda para seguir su camino.
Aquella semana habían hablado más que en todos los últimos meses. Fue fugaz: “El hindú sigue esperándonos” dijo ella. “¿Vamos esta noche?” Y dicho y hecho.

Cuando aparcó el auto en frente de su casa se sentía raro. Vestía una blusa verde oliva con unos bluyíns y una chaqueta de cuero negra. Sostenía en la mano un cigarrillo que se consumía en su boca esperando a que ella bajara. De repente, la divisó algunos metros más allá con un abrigo gris que le cubría hasta las rodillas. Fue rápida.
Él le había hecho esperar algo más de media hora, pero-y dio las gracias- la chica no se lo recriminó.
-Siento haber llegado tarde, es que me entretuve con los chicos.- se excusó.
-No te preocupes, he estado haciendo cosas.
Obviamente, ella mentía. Se le daba muy mal, porque siempre que pretendía, en muchas ocasiones, hacerse la dura o aparentar que no le había molestado, al final, notaba en sus ojos el brillo del rencor.
La noche era fría, como todas las de diciembre, pero sin embargo hacía mucha más niebla que en las anteriores y la humedad se colaba bajo las chaquetas hasta calarles las entrañas.
-¿Vamos ya? Es que tengo algo de frío- y se señaló las medias negras.

El olor a curry y a salsa de arándanos cubría toda la mesa. El camarero les sirvió el último plato, uno de arroz, y se adentró a la cocina a por un par más para otras mesas; luego se puso a secar unas copas con un trapo detrás del mostrador negro.
-Nos está mirando.- dijo ella riendo.
-Eso es porque nos recuerda de este verano…
-De eso hace meses ya, no creo que se acuerde de nosotros.
-¿Cómo que no? ¡Éramos clientes habituales!
Pero la muchacha estaba en lo cierto. El verano había terminado. No sabía si con un final trágico, alegre o normal, como muchos de ellos, pero llegó a su fin y desde entonces no habían vuelto a mantener una conversación decente.
Ella hablaba, y en un descuido, él miró por debajo de la mesa sus largas piernas cubiertas por unas medias negras y un vestido corto de un color rojo apagado.
-¿Qué te parece?
-¿Qué?- preguntó él
-¿Qué de qué?
-¿Eh? No, no he escuchado lo que has dicho.
- No importa.
Después de la cena, pidieron y pagaron la cuenta y se encaminaron con el coche hasta una de aquellas teterías que a ella tanto le gustaban. La niebla hizo que él tuviera que conducir más despacio, y de nuevo, se quedaron sin conversación.
-¿Qué?- le preguntaba él mientras obervaba sus retorcidos rizos caerle por el hombro.
-¿Qué de qué?-y reían.

La tetería no estaba llena del todo. 'Tranquilidad' pensó él y se sentó en uno de aquellos sofás hechos de goma espuma.
Tras varios sorbos de un té pakistaní, una conversación sin interrupciones con los 'qué's' y absorber el humo con sabor a menta, pasó lo previsible: la besó.
Al contemplar su cara sorprendida y algo confusa, añadió un ‘lo siento, no pretendía…’ Pero la muchacha negó con la cabeza y acercó su rostro hasta el suyo ‘No, no lo sientas’
Y en la tetería quedó la música, los murmullos de la gente y las luces atenuadas en suspensión, como el humo del tabaco de la colorida shisha.
-Hace poco fue mi cumpleaños, ¿sabes? ¡17!- señaló ella contenta.
-¿Ah sí? Felicidades... El mío es el 25 de febrero. ¡Que no se te olvide!
y hubieron más noches, y más teterías y variedades de lugar. De vez en cuando callaban sin saber sobre qué hablar, pero, para entonces, ya habían inventado su propio comodín.

5 comentarios:

F.J.Lucas M. dijo...

Demasiado predecible. Siempre lo mismo. Una verdadera lástima.

Un saludo.

AdR dijo...

A mí me pasa que se me nota en los ojos el brillo de la incomodidad, sabes crear situaciones, eso no es difícil, lo difícil es saber describirlas, y lo haces, con besos o sin ellos.

Besos

Lau dijo...

Lucas, creo que en la historia porngo que es toda una noche previsible. Sí, es más de lo mismo, pero es mi situación, y me siento cómoda con ella. De lástima nada
:-)
Siento si te gustaba más las cosas donde me criticaba a mí misma y decía lo que no me gustaba de la vida. Ya llegará otra vez esos momentos. Todo es cíclico.

AdR, gracias :-)

Borja F. Caamaño dijo...

Ligues de verano, rollitos de primavera, y baklavas y chais y curry para amenizar el frío invierno...

... para combatir esa soledad gélida que siempre vigila, siempre, atenta y decidida.

Un fuerte abrazo desde el Otro Lado

David Carrascosa dijo...

Pues a mí me ha gustado mucho esta pequeña y sencilla historia. No todo el mundo sabe recrear lo cotidiano como si fuera algo asombroso. Además, si eres tu la chica de los rizos por el hombro, mejor que mejor.

Besos!