lunes, 16 de febrero de 2009

Revólver

En la casa el silencio gobernaba con autarquía y la oscuridad se eludía con tan sólo la luz de las imágenes que el televisor- en modo silencio- emanaba. El pasillo se contemplaba más largo y tenebroso que lo habitual y las sombras de las calles a través de la ventana se proyectaban en las paredes, ocres por el paso del tiempo, creando historias con reversos oscuros.

El revólver se movía entre las medianas manos de Michael. Jugaba a pasarla de una a otra y acariciaba el gatillo como si fuera un animal de compañía.
En la cocina se escuchaba el constante goteo del grifo entreabierto y el ‘tic-tac’ del reloj gris colgado en la pared. Sus finas agujas marcaban las nueve. Tarde o temprano llegarían, pensaba, y entonces volvía a esbozar una de aquellas sonrisas peligrosas, de las que a uno debería hacer estremecer.

No tenía más que apenas unos escasos quince años y en su alma ya gobernaba el odio y la rabia. Él no temía a nada, no pensaba en las consecuencias ni en el desastre que desataría, ni en la culpabilidad que- supuestamente- más adelante se achacaría a su persona. Tan sólo esperaba al momento adecuado y resultó ser aquella noche.

Se encontraba sentado en el sillón rojo del comedor, enfrente de la puerta que daba entrada a la casa. Tenía mucha sed y sentía cómo su garganta seca le pedía a voces agua fresca, pero en la cocina nadie interrumpió el coro del grifo ni del reloj. Debía esperar a que todo pasara, ahora no era el momento de levantarse. Y tan pronto se dijo esto último, cuando escuchó las llaves desde fuera intentando abrir la puerta. ‘Clic’ el seguro del arma se desbloqueó y apuntó hacia el frente. Cuando, en la habitación, la puerta se abrió, Michael hizo volar unas siete balas, desbordando la muerte en cada una de ellas, y ésta, cruel y absurda, se llevó la vida inocente de su madre.

Los ecos de una voz muerta y volátil por las esquinas de la casa, el cuerpo desplomado en sus suelos y sangre esparcida por las frías baldosas enmudecieron el sonido de las gotas de agua y del reloj.
Pero nada había acabado todavía. Tras esperar unos minutos más la llegada de su padre y habiéndole dado tiempo a volver a cargar la pistola, de nuevo unos cuantos disparos se presentaron en el silencio de la casa.



















Y desde entonces pólvora. Y muerte. Sesos, sangre y dolor. Y odio, más ni siquiera una pizca de remordimiento.

Michael contempló por última vez los cuerpos de sus padres y sin duda alguna, se encaminó hasta el patio de atrás llevando consigo una bolsita pequeña con unas cuantas joyas de su madre. Cogió su bicicleta y, en la calurosa noche de verano se dispuso a pedalear por la carretera para llegar hasta el pueblo de sus abuelos y dormir en su casa.

Antes de entrar en ella, paró con la bicicleta y anduvo cinco minutos por la oscura huerta de cítricos, esparciendo en ella las joyas y tirando el revólver por los suelos.

¿Qué haces aquí a estas horas, Michael? Su abuelo se desconcertó un poco ante la llegada de su nieto. Mamá y papá no llegan a casa y tengo miedo estar allí sólo.

La noche cayó por completo y después se esfumó otra vez. El amanecer se contemplaba tras la ventana de la habitación de invitados y Michael se levantó para desayunar con tranquilidad.

-Vamos a ir a tu casa a ver qué sucedió ayer noche, ¿De acuerdo Michael? Quédate aquí, y cuida de Babas.- su abuelo señaló al perro mestizo que un día encontraron abandonado por las calles. Su pelaje era rubio, como la cerveza, y sus ojos parecían más tristes de lo habitual.

-Descuida, jugaré un rato con ella.- contestó el nieto mientras le acariciaba por detrás de las orejas.

Aire, fuego tierra y agua fue lo único que quedó. Quizás un par de lágrimas amargas y algún que otro recuerdo estampado en la pared. Y sesos, y pólvora, y gente vestida de negro preguntándose qué ser con tal grado de crueldad pudo haber asesinado vilmente a aquella pareja. Nadie lo sabía, a excepción de Michel, que, esbozando de nuevo una de aquellas sonrisas peligrosas, no derramó ni sola una lágrima.
Y desde entonces, perduró el eterno sonido del goteo en la cocina. Lo demás, se redujo al exilio de la vida.

8 comentarios:

Lau dijo...

Lo del video es solo por la canción :-)
aunque bueno, las imágnes acompañan a veces :-)

Anónimo dijo...

LAu!!!!!!!!
JoO meNcanTA t Blog :)
TodO lo Q DicES es MUY pRoFuNdo jEj :)
PareCE q ESte ESCrItO x UNa auteNtiCA esCRiToRA....
mUXos bESoTeSs*

SAnDra*

Borja F. Caamaño dijo...

Me ha encantado esta incursión tuya al género negro, casi en primera persona, del pequeño psicópata...

... o tal vez tuviese sus razones porque, la verdad, lo malo de este mundo es que todos tienen sus razones.

Un fuerte abrazo desde el Otro Lado

Van Boto dijo...

Me ha gustado también éste relato, la combinación de la música y el relato,que tiene un estilo más oscuro que otros que he leído por aquí.Un saludo¡¡

Francisco José Peña Rodríguez dijo...

Qué bien suena lo del 'silencio gobernaba con autarquía'. Besos

Lau dijo...

Gracias :-)

Lau dijo...

Por cierto, Sandra.. que bueno verte por aqui.
Que tal con tu cerebritos?

Anónimo dijo...

JeJ Muy BiEn :), Y Tu?¿
Tia T va YA LO dl TUeNti?¿
BesOtES tQEruU*