No me van los altavoces del ordenador. Fue una frustración de lo más grande, ya que me acababa de bajar una película que tenía muchas ganas de ver, pero sin sonido a nadie le apetece; bueno, habrá a quienes les guste, ya sabéis hay gente de todo por este infame mundo. Sí, después de aquel pensamiento alegórico y poco trascendental llegué a la conclusión de que yo misma era estúpida y que mi aburrimiento era mayor del que hubiera deseado. Se oía a mis hermanos berrear al otro lado de la pared, estarían jugando a “peleas”, como no. Para colmo, la jaqueca se extendía desde mi cabeza hasta sentirla fuertemente en los pies, absurdo ¿verdad? En fin la cosa es que no sé porqué, pero era un día horrible. Llegué a casa con la mochila al costado, recordando que en el instituto estábamos viendo Matrix y comparando la película con la
supercaverna que a Plutón… que diga, Platón, le apeteció imaginarse. Otro que se aburría mucho; creo que debo coger papel y lápiz, dibujar un… un
nosequé, inventándome unos personajillos de lo más peculiares, a los que le añadiría barba y sombrero, (no sé, me apetece imaginarlos así, ¿vale?) y hacer que han estado toda su vida insaculados y que… ¡Por el amor de la santísima virgen...! (y Seki resuena en mi cabeza diciendo “De virgen nada”),

¿Qué narices hago? Venga va, inmoralicemos este momento. Yo seré recordada como la lunática aburrida en su cuarto que intentaba hacer teorías del nivel de las de un filósofo griego que inventaba diálogos de los del tipo “-Imagina que…”
(Por favor, si leéis esto no esperéis mucho más de mí, solo voy a seguir diciendo estupideces.)
De hecho, yo sí que esperaba algo más de mí, aunque todavía no sabía el qué. Mi cuerpo estaba sentado en la silla de escritorio mientras que los pies se extendían hasta la mesa donde tenía el ordenador
enchufao. Serían las nueve y pico cuando mi madre nos llamó para la cena, olía bien, la verdad, seguramente serían aquellos calabacines rellenos de atún gratinados con queso, pero nada chica, que no venía nadie. ¿Tú sabes lo que es estar ahí en la cocina media hora para hacer de cenar y que luego nadie se apresure a venir? Me da tanta rabia tener que llamarlos más de una vez. Lo peor de todo es que te han oído, y no te hacen el menor caso, ni siquiera se molestan en contestar un “ahora vamos”. Estos dos que si dándose golpes; sí, de estos que se oyen hasta el final de la calle. Y la otra metida en su cuarto con el ordenador de las narices. ¡Que día, pero qué día! Mal. Peor que mal. Horroroso, espantoso, un auténtico desastre. Esta mañana que si Laura me ha despertado mientras se estaba arreglando para ir al instituto. Serían casi las siete de la mañana y ya no me he podido dormir. Después he ido a hacer la compra, y
Jose no me ha podido ayudar porque tenía que ir al trabajo, y yo como no vuelo hasta el miércoles, pues nada. Después vi que era ya casi la hora de recoger a Yago del colegio y que se me estaba haciendo tarde, entonces aceleré algo en el coche y me paró la policía. Por suerte no tuve multa (raro, yo pensaba que eso sólo pasaba en las películas americanas). En fin, que decidí entonces llamarlos otra vez, pero nada. Ya me di por vencida, y entonces ahí aparecen. Ya era hora joder, uy, espero no decirlo en alto que están delante sentados alrededor de la mesa con el plato del calabacín. Además, seguro que ni les gusta porque con eso de que son
delicaos pa tó…no les gusta los malditos calabacines porque dicen que lo verde siempre tiene mala pinta, joder mira que se lo digo a mamá mil veces. Uy mierda ya me ha salido
joder otra vez, espero que no me haya escuchado. Bueno que eso, calabacín para cenar, que asco de verdad que no me gusta para nada, y disimuladamente me acerqué a ella le di un beso cogí mi plato como buen hijo, e hice ademán de comerlo con una delicadeza que en mi vida. Después de pegarle dos bocados dije con sinceridad. “Mamá, no me gusta” y antes de que pudiera decirme algo le corté diciendo “Y lo he probado!” Y claro, ¿que iba a hacer yo al respecto?, siempre le estoy diciendo que si lo prueba y no le gusta es otra cosa. Aquella vez lo prueba ¿y qué, ahora qué? ¿Le retiro el plato y le caliento los tortelinis del mediodía? Eso es mimarlos, menos mal que el pequeño es el único que come de todo, le gusta casi todas las verduras, que si el calabacín, los guisantes, la coliflor, las judías verdes. Como también berenjenas, pruebo la ensalada como tomate, maíz, zanahoria (que Yoli dice que es buena para la vista), mmm no sé como de todo y lo pruebo siempre. Mis hermanos no comen marisco, ni cosas por el estilo. Lauri dice que las gambas parecen bichos, que no hay diferencia entre ellas y los saltamontes. Jolines, ahora en la mesa estoy acordándome de que no me hice los deberes de mate, como venga papá de trabajar y vea que no he hecho nada me mata…Es que encima mates, no podía ser otro. Se me están quitando las ganas de comer. Y seguramente tuve que haber puesto una cara delatadora porque le pillé. Le pillé, esa cara que puso Yago era porque seguramente se había olvidado algo, lo conozco demasiado, además luego le delató el suspiro y la mano a la cabeza.
“¿Qué pasa Yago, ya no comes?” Pero no me contestó. Por el bien de todos que papá no se enterase, porque con lo poco habilidoso que es mi hermano para las cifras y lo obsesionado que esta papá con que tiene que aprender, nos tiramos hasta las tantas restando cinco menos seis y llevándonos una.
Laura Martínez