Tenía ganas de llorar, más me contuve las lágrimas. Un sentimiento y emoción de impotencia que antes nunca había sentido: me había convertido como todas las demás, o eso era lo que me dijeron.
-Intenta escribir sobre otras cosas para ver si la obsesión desvanece.- me decía mi amiga Andrea- Sabemos que puedes salir de esos ámbitos en los que ahora te centras…
-Y que no son malos- me decía Seki, mientras cortaba a Andrea- … sólo que la obsesión no es buena.
Yo sabía que tenían razón, pero enfadada, me crucé de brazos, puse morritos y añadí:
-Son cosas de la edad, cosas normales…
Mis amigos sonrieron tristemente como compadeciéndose de mí y negaron con la cabeza.

-Es algo que se pasa de lo estable, Laura. Tu vida parece que sólo se centre en eso, y creemos que tienes un problema. Eres una obsesiva.
-Además-volvió a cortar Andrea- no disfrutas de tu propia obsesión…
Ahí puse una cara entre… “No sabes ni tú misma lo que dices” y “¿A qué demonios te refieres?”
-Sí Laura, sí… cuando tienes lo que quieres, estás deseando que llegue otro momento igual.
Los comprendía a ambos. Seguramente habrían tenido conversaciones entre ellos acerca del tema y habrían estado opinando en contármelo a mí.
-Incluso tú misma te engañas intentando decirte que no estas obsesionada, y así nos engañas a nosotros- añadía Ezequiel- sólo que ahora hemos descubierto tu secreto, y no nos podrás engañar más.
Mi frustración era evidente. No tenía escapatoria por ningún sitio; mirase a dónde mirase, por cualquier objetivo, tenían ellos razón. Pero, ¿cómo solucionarlo? Era tan impulsiva hacia aquellas sensaciones y pensamientos (incluso acciones) que parecía no tener remedio. “Está bien. Tranquila, respira, sabrás solucionarlo.”
-Lo estáis exagerando todo un poco… ¡Claro que disfruto de lo que hago!…
Pero me volvían a dedicar aquellas caras de compasión, como si la necesitara.
-Intenta no pensar siempre en lo mismo… sólo te decimos eso.
Entonces, una llamada gloriosa de mi madre, me rescató de aquella conversación y me marché del lugar.
Ahora por la noche, he reflexionado sobre lo que me dijeron. “Escribe, y verás que no siempre interpretas lo mismo” Y aquí estoy. Sabía que si me ponía a escribir de mis sentimientos, acabaría escribiendo más de lo de siempre, una cadena de mini relatos con enlace y que, si las leías seguidas en orden cronológico, podrías divisar en ellas la historia final de mi obsesión.
No pienso escribir más sobre eso, es más, me he propuesto hasta no mencionar el tema en este escrito. Porque no me gustan las obsesivas, y yo me he convertido en una de ellas.
¿En qué puedes escribir? Me pregunto, intentando no pensar en el tema de siempre.
“Sobre cuando miras la ventana” me digo “No, no. Sobre cuando miras la casa que ves a través de la ventana; o quizás podrías escribir acerca de lo tonta que eres, o de cómo a veces eres una dramática sin remedio, o te encanta llamar la atención sin conseguirlo, o cómo te encanta que te halaguen, o en general, podrías escribir sobre tus defectos”
Pero sin remedio alguno, la obsesión vuelve a la cabeza, y me doy cuenta que, por primera vez he admitido mi obsesión y me compadezco incluso de mí misma.
No puedo remediarlo…
Laura Martínez