Me pregunta que por qué no quiero acostarme con él, que si
es porque es más bajito que yo, que a él normalmente no le caen bien las altas,
pero que conmigo no sabe, es diferente. Que no lo entiende, que por qué, que
tuvimos una agradable velada, una íntima charla de desconocidos, que le ponen
mis piernas. Que si ha hecho algo mal, que si ha dicho algo inoportuno, que si
es porque soy más alta, que a mí eso me da igual, que yo me follo a los
centímetros y a los no-centímetros también, que me cae bien, que me gusta su
verborrea, que por qué no me lo tiro, que por qué no blablabla, ¡por qué! Lo que
pasa es lo de siempre, las expectativas, que los hombres dan por sentado todo:
que les debo algo, un nosequé, que me lo llevaré a mi casa, que sostendré su
pene entre mis dientes, que me lo tiraré gritando que soy suya (que le debo algo). Lo que pasa es lo de
siempre: la mala educación.
martes, 14 de octubre de 2014
viernes, 26 de septiembre de 2014
Odiarás París
Si vuelves a París, más te vale tener un buen motivo, porque
llegar sin intenciones declaradas puede convertir el viaje en una devastadora
melancolía, del una vez pasó y me he quedado como agua estancada en la
retentiva. El Sena, la Eiffel, los Campos, la Dame, el idioma e incluso la
bandera, provocan sobre el cuerpo una reacción de profunda y entera enajenación.
Querrás que te hospede, como vez pasada, el amor, que te camufle la elegancia
y revivir la autenticidad del bucolismo urbano.
Así que quedas advertido: si quieres volver a París, a esta ciudad de días
inesperados y noches sobresaltadas, asegúrate de tener un buen motivo, porque
si existe la posibilidad, -la remota posibilidad- de que no suceda nada, de que
no destelle optimismo el canal Saint-Martin, de que no se viva la sensación de romper
con el hermetismo, de que no llueva mientras observas los férreos
pies de Francia, no podrás evitar sentirte traicionado y lamentarás odiar París
eternamente.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
O entre las piernas
A veces no soy bienvenida y ni siquiera me importa. Actúo con reverberación, para que suenen más estrepitosos los pestañeos de indiferencia, para que atruene el eco de mi risa: ja-ja, ji-ji.
La calma reside en aparentar (y beber algo de cerveza: un vaso, la botella de cristal de un litro). Ya es suficiente, pienso, que la cebada no está para malgastarla en atrocidades de lo trivial. Cada cosa que hagas, cada cosa que digas, bajo con(s)ciencia o no, que sea porque te lo pide el anticuerpo, ese que sale del chiribitil al menos tres veces por semana.
No soy partidaria de dejar pasar las cosas, aunque sería sensato, sólo de vez en cuando, proceder como si nada importase, como cuando se escucha un tema de Ian Curtis y se piensa que su jodida y complicada vida es demasié para el entendimiento. Pero ¿qué puedo decir yo? Poco he aprendido de la existencia, además de saber que en muchas ocasiones la clave reside en estrujar lo que se tiene en las manos (o entre las piernas).
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Jonpaul Douglass sabe más de la vida. #Pizza |
lunes, 24 de marzo de 2014
Pasantía
Para dar la bienvenida
a la furtividad
he comprado una noche solitaria
y un paquete de boquillas. Me agacho
a la altura de la mesa
y observo su lisa superficie, como si fuera
el mundo. Precipitarme
ya no me da miedo,
disfruto tocándome
la oreja
y la sobriedad.
Compartir es un blanco absurdo
cuando se entiende la ontología
de los platos, rodeando la dolencia.
A veces me disfruto.
Sólo un poco más
y la exaltación. Si no te escucho,
es porque
estoy
E X P L O T A N D O
sábado, 22 de marzo de 2014
Dispar
Follamos siempre de forma dispar.
Compro verduras y pechugas
y ya sé lo que dirás,
que si no soy lo suficiente
o que me sobro demasiado.
Nunca acordamos nada
y eso no me molesta,
como cuando escribo postales,
que tampoco me molesta.
Fingimos espontaneidad
¡Qué mas da!
Es un día como cualquier otro
y encaramos las desganas.
Luego,
cuando llego a casa,
me llevo el dedo
-espera, espera, suave-
y le hablo a tu disparidad
como si fuera
un conocido
de siempre,
que sabe de forma exacta
lo que me encantaría hacer
contigo:
esto y lo otro
y algo más abajo
y acabar cocinando
las pechugas y verduras
martes, 11 de marzo de 2014
Me escurres
Estate atento. Se escucha esa Implosión
de la que te he hablado siempre
cuando me mordisqueas
Algo dentro se me encoje, como
cuando
se arruga un trozo de papel entre
las manos
Me atraganto si te intento explicar
que todo se me antoja piel
te soy sincera
me escurro entre orgasmos
si me dejas salivarte
Que todo lo de fuera es mentira
no existe
cuando resbalas en mi cama
y nos apretamos hasta dejar de
respirar
Estate atento. Se escucha esa Implosión
de la que te he hablado siempre
cuando me mordisqueas
Si sigo estando entera
es para volverte a deslizar
en mi habitación
mañana.
jueves, 6 de febrero de 2014
Noemí
Noe tiene mal
cuerpo y ganas de no comer. Le digo que se quite las sábanas y se ponga algo de
color, que nos vamos a airear, a pasear entre los copos blancos que hoy caen
por las avenidas, que eso sienta bien. Pero me mira y me dice que no, que
mañana, que me lo promete, y yo le digo que no importa, que el futuro
prosperará. No nos damos cuenta ninguna de las dos del porvenir que nos
espera, que la razón a veces no da para vivir, que los pesares del tiempo atrás
son más fuertes y que nos atormentarán aunque no queramos. Incluso los buenos
tiempos, que fueron muchos y pasaron entre cañas de azúcar y ríos Resbalosos.
Le ponemos
una cinta roja a todo lo que nos importa: la bicicleta, el pelo, el equipaje.
Los vaivenes nos enseñan que hasta las
ganas se pueden perder en el transbordo, pero creemos en la santería y le pedimos al cobre que nos traiga de
vuelta esa sensación de querer seguir.
Noe me
pregunta qué tal mi día y yo le contesto con lo mismo de siempre. Sé que ella
quiere que volvamos juntas al verano de 2012 y que andemos por la playa en
nuestros vaporosos bikinis mientras saboreamos un bucanero. Puede que yo lo
quiera más que ella. La realidad es que se ha esfumado todo Agosto en un instante
y ni las fotos lo pueden traer de vuelta. Algo ha muerto y nos pesa en los
párpados y en los pies.
Preparo té
con canela y Noe lo bebe a sorbitos, con la mirada puesta en el vacío. Yo
quiero hacer algo por ella, pero no se deja, eso pienso; o no quiero, eso
pienso después. Me acuerdo de Gladis y de aquella vez que lloramos entre
cervezas — siempre es fácil llorar entre cervezas—. Ella me contó que perdió a
su marido en el mar, porque los tiburones se lo comieron cuando él fue en busca
de un futuro mejor. Yo le prometí que los días cambiarían y después nos fuimos
a nuestras respectivas camas, sin volver a saber nada más la una de la otra.
Las seis de
la tarde se ha devorado a Noemí y yo he vuelto a casa para cambiar las sábanas
y abrir la ventana. Hago una llamada y el teléfono me llora. No he podido lidiar
con su tristeza y pido perdón por no haber sabido desviar la ruta. El auricular
me moja las orejas. Debería haber puesto una flor amarilla encima del armario,
pienso, o un vaso de agua debajo de la cama, o haber embadurnado su nuca con
cascarilla. Ahora me quedo muda, pensando en los pinceles que tengo sin usar.
miércoles, 29 de enero de 2014
Comunidad
Tommaso toca
al timbre cinco veces seguidas aunque no venga con prisa. Le abro la puerta y
ya tiene el paquete de tabaco de liar preparado en la mano.
—¡Miau!—
saluda, porque siempre saluda así.
Nos sentamos
en el sofá de la sala, que huele a tres días de no ventilación y pongo algo de incienso
para disimularlo.
—Vengo sólo
un rato— dice —luego me voy a leer. ¿Sabes? leer no hace daño a nadie. Estaría
bien que cogierais un libro de vez en cuando.
Estira las
piernas sobre las mías y no hablamos.
—Pon algo de
música.
Me levanto
hacia el reproductor y suena ScratchMassive y luego nuestro tema de Major Lazer que descubrimos en 2012, y que a veces ya nos cansa, pero otras no
tanto.
—El huevo que
me regalaste va fenomenal. Estoy más inspirado con la vida.
—La chica del
sexshop me dijo que te gustaría.
A veces se
hacen silencios, pero nunca son incómodos.
—He pensado
que podríamos empezar un juego— le digo.
—Ya estás tú
y tus ideas. Ilumíname, por favor.
—Podría escribirte
todos los días una palabra, un concepto, y tú me mandas una foto basada en él.
—Eso es un
juego pícaro, para los que tienen tensión sexual.
Su cigarro es
de combustión lenta, lleva con él unos quince minutos. Se lo enciende, se
apaga. Se lo enciende, se apaga. Se le cae muchas veces la ceniza en los
pantalones y lo sacude al suelo.
Mientras, yo
no puedo parar de pensar en mis cosas, él lo intuye, porque siempre suelo
pensar en lo mismo.
—¡Ay! Déjalo
ya, Lauren, todavía eres muy joven como para tener problemas.
Me levanto
hacia la cocina para hacer la cena y, como siempre, no queda nada en la
despensa. Me preparo una sopa con el medio puerro rancio que queda y con una
zanahoria. Tommaso me acompaña y traslada el olor a tabaco por toda la casa.
—Hoy he
soñado con niños. Siempre sueño con niños— le digo—, bebés. Es horrible porque
los abrazo como si fueran míos y tienen ojos de cristal y melena rubia.
—Tú vas de
feminista, pero algún día te pondrás a criar, como todas.
— ¿Tú quieres
hijos? — le pregunto.
—Yo no hablo
de esas cosas. Son asuntos de cada uno, y tú eres una coneja. ¿Cuándo viene tu
madre a visitarte otra vez?
—No sé— le
digo — pero a mi madre ni la sueñes.
—¡Qué coneja!
Anda, bebamos cerveza.
Nos sirve un
vaso a cada uno y alterno sorbos de sopa y de cerveza. Él ya viene cenado de
casa.
—¿Y qué estás
leyendo? — pregunto.
—Sobre técnicas
del dibujo.
—Tú lees sólo
para tener cosas de las que hablar en tus reuniones de artistas. Yo leo para
disfrutar.
—Se pueden
hacer las dos cosas. Puedes incluso correrte.
Me río.
—Qué coneja...
La cocina se
carga de humo y las ventanas se empañan. A veces me alivia eso, porque no tengo
cortinas y el contacto con los vecinos es muy directo. Me imagino, mientras me
termino la sopa -que en el fondo no está tan mala-, todas las veces que entro
desnuda a la cocina a buscar cualquier cosa. Nunca pienso en los vecinos, se me
olvida que pueden estar observando.
—¿Sabes? — le
digo—De pequeña era nudista. Andaba en pelotas por todos los sitios. Cuando iba
al corral de mi abuela me daba miedo que las gallinas me picaran el culo.
—Qué coneja…
—Anduve desnuda
hasta los diez, cuando descubrí que la pelusilla daba vergüenza ajena. Incomodaba
a los demás.
—Los niños se
correrían al verte.
—¡Tenía diez!
—Da igual,
son todos unas pichas flojas. En fin, me voy a casa a leer.
Nos
levantamos y dejamos sin recoger la cocina. Le acompaño hasta la puerta.
—¡Miau!— se
despide, porque siempre se despide así.
En la casa
habita el humo y yo me voy a la cama, sabiendo que soñaré con niños.
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