Se contempló en el espejo del armario empotrado nada más llegar a su casa. Su melena estaba alborotada y sus rizos encrespados, porque aquel día, a pesar de la lluvia que caía sobre las tejas haciendo un estruendoso ruido como si las densas lágrimas que el cielo lloraba fueran piedras grises que atentaban contra ellos dos, había pasado una tarde más mojada y húmeda que las calles de fuera.
Sus ojos se notaban cansados y dolientes, enrojecidos, y no paraban de picarle. Mientras se desvestía para ponerse el pijama, se rascaba hasta pensar que quizás iba a desencajar el ojo de su cuenca.
Bostezó y miró el reloj. Las doce y veinte.
La lluvia seguía cayendo y golpeando fuertemente desde fuera el cristal de la ventana. El murmullo de los ríos que deslizaban sus aguas calle abajo, componían sinfonías licenciosas, limpiando a su vez el suelo mugriento de la ciudad.
Pero había tanto que limpiar, pensaba la muchacha, que esta lluvia de finales de mes no solucionaría nada. De momento.
Exhausta, se tumbó en el lecho boca arriba. Notaba el suave y frío edredón bajo su espalda y la pelusilla de su cuerpo se erizó, paulatinamente y de pies a cabeza, a causa de un leve escalofrío, de aquellos que ya acostumbraba tener.
Con las piernas a un lado, los brazos al otro y sus ojos mirando el infinito blanco del techo, recordaba minutos atrás de aquella tarde.
¿Quién no recuerda, pensaba ella, las últimas palabras que le han dedicado y la repite una y otra vez para sí misma queriendo formar un eco interminable en la mente para que perdure el sonido de su voz? ¿Quién no piensa en su mano acariciándole la entrepierna mientras conduce en una lluviosa y empapada noche que hace que el círculo de luz de ese hilillo de faroles se esparza para hacerse más grande y menos nítido?
¿Quién no recuerda la despedida con el ósculo habitual porque sabe que mañana se van

No le gustaba su chanza, concluyó tras haberse embarcado en aquella odisea de reminiscencias. Antes prefería el tenue silencio que descabalar el instante en el que, una vez más, estaba acariciando su brillante y fuerte pelambrera, sintiendo también bajo su pecho y una costosa respiración, el cuerpo del chico recostado sobre ella y su abrigo gris.
Nunca le había pedido un ‘te quiero’, ni un ‘te amo’ o un ‘Ich liebe Dich’, ni siquiera había imaginado su boca gesticulando aquellas palabras fatídicas que en muchas ocasiones conducían a la ruina. No existe el amor. Esa era su filosofía, pero, tan ridícula como otras tantas teorías que profundizaba, aquello era un disparate.
¿Y si me olvido de todo?, se preguntaba, ¿y si no hubiera comenzado nada? Con un soplo, se apartó el mechón de pelo moreno que tenía en la cara.
Cuestionaba lo que sentía y lo contraponía con la arbitrariedad y las ansias de un algo, pero jamás llegaba a encontrar qué era ese algo, por lo que rechazó con seguridad otra de sus absurdas hipótesis.
De repente, sus ojos se fijaron en el piano abierto y en las partituras desordenadas que se encontraban esparcidas por encima de él.
‘Le Moulin’, ponía en el título de una. Un hermoso tema que, a pesar de su sencilla composición, no se cansaba de tocar una y otra vez hasta cansar sus ineptos y torpes dedos.
Quizás era aquello lo que le faltaba: el molino y sus aspas, moviendo los engranajes de las descabelladas ideas que se le pasaban por la cabeza; que las hiciera reales, que fuera como el motor del sinsentido para comenzar a moldear la paradójica cordura; su órgano vital, una máquina de respuestas…
Y es que, su encrespada cabellera había soñado alguna vez con una mano acariciando aquellos indefinidos rizos. Pero de nuevo, el blanco del techo, y seguidamente, el negro azaroso tras cerrar sus ojos menguantes, y de fondo, el ritmo de una canción que no había solucionado nada.