miércoles, 3 de diciembre de 2008

Alberto, Samanta, Isabel, Camiño el del barco y otras cosas



(...) Alberto soñaba con una chica, una playa y un bar. Ambos conversaban y reían, y, a pesar de ser el primer día que se conocían, sentían que eran amigos desde siempre. Las olas rompían fuertes sobre las rocas de la costa a medida que iba atardeciendo. Había pasado ya más de tres horas desde que le preguntó su nombre. ‘Samanta, me llamo Samanta’. Fue un tiempo que se le pasó rápido, y en el que se dedicó a estar sentado contemplando el mar con aquella desconocida. Su pelo corto se encontraba revuelto y seco por el efecto de la sal del mar, pero una vez que se lo hubiera lavado, tendría que tenerlo precioso, se dijo el muchacho.
Un par de chistes, unas cuantas mentirijillas acerca de su vida intentando que ésta pareciese más emocionante e interesante de lo normal, una cerveza encima de la mesa de plástico del bar, y la tarde ya había volado sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta.
-Despierta...-dijo con delicadeza una voz que se coló en su sueño.
“¿Cómo dices?” le decía Alberto a la joven muchacha.
- Alberto, despierta.
Cuando éste entreabrió los ojos y vio la cara de su madre de frente, se asustó.
-Ja,ja,ja- reía ella-¿Qué, ahora te asustas de mí?
Todavía despejándose del sueño y frotándose los ojos, Alberto no contestaba. Miró a su alrededor: no había ni playa, ni cerveza ni chica. Se incorporó para levantarse de aquella gran siesta que se había permitido tomar mientras buscaba sus zapatos.
-Tienes visita abajo en la cocina, hijo.- le explicó su madre.
-¿Quién es?- preguntó curioso mientras se ponía los tenis.
-Isabel.
Al oír aquel nombre, recordó que había quedado con ella y unos amigos. Habían planeado una fiesta desde antes de que se hubiera ido el mes a trabajar al barco. Se apresuró a atarse los cordones, a ponerse el jersey que colgaba del armario y colocarse bien la chupa de cuero que tanto le gustaba.
-Tranquilo hijo, ¿Es que primero no vas a saludar a tu madre?- preguntó la mujer.- Llevo más de mes y medio sin verte…
El joven le abrazó, le besó y le atestó un ‘Hola Cati’
-Prefiero que me llames mamá- dijo ella riendo, pero Alberto ya había salido corriendo de la habitación para apresurarse a bajar a la cocina.
Y allí estaba ella, esperándolo, con sus faldas hasta las rodillas, de un color pálido y una camiseta básica blanca. Llevaba su larga melena castaña recogida hacia atrás en una diadema roja. Se veía guapa, pero por desgracia no tanto como Samanta.
Detrás e él, apareció su madre que también se había apresurado a bajar.
-Hola Isa.- saludó el muchacho que no se atrevió a tocarla ya que estaban delante sus padres vigilando qué iban a hacer.
-Hola, Al. ¿Qué tal por el mar?- preguntó con una ingente sonrisa.- ¿Habéis pescado mucho?
Alberto le contó de modo positivo su travesía, después le quiso ofrecer algo de beber, y ella negó con la cabeza, pero agradeciéndolo dijo:
-¿Qué tal si vamos ya?
- ¿Adónde vais, Alberto?- le preguntó su madre Cati antes de que él pudiera responder.
- Vamos a ver una película al cine, mamá.- le respondió Alberto.- Hoy estrenan Rambo, la segunda parte. Hemos quedado con Raúl y Germán en el cruce para ir hasta allí. Luego supongo que iremos a cenar algo al furancho de Camiño.
-¿Camiño, el del barco?- preguntó su padre.- Si le ves dile que tengo trabajo para él mañana por la tarde. Las redes no han quedado del todo bien y necesito ayuda para los nudos.
Alberto asintió y se despidió de sus padres con un ‘hasta luego’ y un ‘no me esperéis despiertos’
-¡Que lo paséis bien!- gritaba Cati desde la puerta.-Y tampoco llegues tan tarde
El joven muchacho refunfuñaba para sí porque aquella actitud curiosa de su madre lo detestaba. Sabía que al día siguiente por la mañana le preguntaría todo sobre la salida con Isabel.
-¿En que piensas?- le preguntó ella cuando iban camino abajo, cogiéndole de la mano
-En nada.- dijo él mientras la agarraba fuerte.
- ¿No vamos al cine, verdad?
-No, te lo dije, vamos al guateque que Manolo organiza en su cochera.- le dijo.- Pero si no quieres, podemos hacer otra cosa.
En realidad se arrepintió de haberle dicho aquello, porque a él realmente le apetecía ir a la fiesta.
Ella negó con la cabeza y sonrió.
-No, no. Me apetece ir.
Cuando llegaron al cruce, se encontraron con Raúl y Germán. Estaban esperando apoyados en la pared deonde se encontraba el reloj de la esquina.
-Tíos, ya era hora. ¿Qué habéis estado haciendo? Llegáis tarde (...)

Laura Martínez

4 comentarios:

Perséfone dijo...

Habrá que seguir esperando para leer más.

Por el momento vas muy bien.

Un abrazo :)

Belén dijo...

estas madres... si es que siempre lo quieren saber todo (y lo mas gordo, que no se como lo hacen, pero lo saben :P)

Besicos

David Carrascosa dijo...

Esto se pone interesante.

Besos!!

Lau dijo...

:-) a ver si os gusta!