lunes, 6 de octubre de 2008

Capítulo uno.

Carolina rechoncha.


Tras un momento, he decidido ser fuerte. Sí, lo soy, y eso me enorgullece. Me da ánimos y gracias a eso, puedo controlar esta situación.
Tiempo atrás creía que la familia lo era todo, ahora, he comprobado que es verdad. Pero, ¿A quiénes consideras familia en realidad, a aquellos que comparten sangre contigo, o los que están junto a ti por siempre? Cuando digo por siempre resuena mi conciencia diciendo “por favor, que cursi eres” De hecho, no puedo evitarlo.
Últimamente he encontrado una forma de cuidar de mí misma; a pesar de que siempre he sido independiente, nunca he llegado a tener que hacerlo. No sé si me entendéis.
Pues como todos los jóvenes, unos dependemos más de los padres que otros. Yo, en este caso he sido una chica que ha sabido ir por su camino sin tener que pedir ayuda en cada paso que daba. Pero esto es una nueva situación para mí.
Lo peor de todo, es que, además de cuidar de mí misma, cuido de mi padre y de mi madre. Y ahora en adelante, tendré que cuidar de mis dos hermanos pequeños. La situación ha llegado a ser así de complicada, y todavía no entiendo nada, pero poco a poco, mi estado shock se va limitando.
Me ha tocado ser Carolconsuelos. No rechazo esa proposición, tengo que aceptarlo, por lo tanto no me voy a resignar. Demostraré que soy capaz de controlar la situación, de tener la sartén por el mango.
Debería comenzar la historia desde el principio, pero ignoro cuál es ese. Por lo tanto, me resignaré a contarla un poco desde mi llegada a éste pueblecito.
Mi nombre es Carolina, aunque lo detesto. Prefiero que a lo largo de la historia me conozcáis como Carol o Caro, todo el mundo me llama así, y no me disgusta.
De pequeña vivía en una de las pequeñas islas del archipiélago Canario, Tenerife, en la costa sudoeste. (Adeje).
Mi casita era modesta. Mis padres la compraron cuando yo tenía cuatro años, y no necesitábamos mucho más porque éramos tres. Pero bueno, ya sabéis, la acción entre mis padres se ajetreó, y cada cuatro años, surgía un nuevo miembro en la familia, hasta llegar a ser cinco en casa.
Con la llegada de Éric, el hermano mediano, no se notaba todavía tanto la ausencia de espacio. Su nombre se debe a mi afán a las princesas Disney de mi infancia. Mi preferida era La Sirenita, por eso mi hermano se llama Éric; aunque estuvo a punto de llamarse Felipe, por La Bella Durmiente. Mis padres, al verme tan entusiasmada con el nuevo miembro de la familia me prometieron que el nombre lo elegiría yo, aunque no detesto del todo Éric.
_ Cariño, ¿no sería mejor que le pusiéramos Carlos, o Alejandro? Un nombre más normalito._ me decía mi madre intentando persuadirme.
_ No_ grita-ba yo con aque-lla voce-cita de niña peque-ña._ Éric me gusta, mamá.
Y sin más reme-dio, Éric se unió a la familia.
Después, con la llegada del pequeño Santi, notamos que la casa se hacía cada vez más pequeña. No había suficientes habitaciones para todos nosotros, y bueno, sumándole que mi hermano Santiago es un chichoterremoto, llegó la decisión de cambiar de rumbo.
_ Piensa que estaremos con la abuelita._ me dijo mi padre al ver mi cara de asombro.
Acababan de decirme que nos mudábamos a un pueblecito de Valencia.
_ Ya, papá, pero aquí tengo a mis amigos._ decía apenada_ Y además, la abuela sólo piensa en darme de comer.
La verdad es que aquella idea me malhumoraba, porque yo era una bolita de cuidado. Mis curvas rechonchonas se convertirían en bolas de pilates si dejaba que la abuela me alimentase, porque la verdad, el chocolate era uno de mis puntos débiles.
Oí a mi padre reírse tras decirle aquello.
_ Ay, cariño... No seas absurda, harás nuevos amigos. Ya verás como todo sale bien.
La idea de mudarse a la península no era sólo por el espacio de la casa, podríamos haber comprado otra más grande si fuera sólo por aquella razón; era porque allí no teníamos nuestra familia. Sí era verdad que teníamos un tío, hermano de mi madre, que vino a vivir con nosotros a la isla de Tenerife, pero nada más.
Tras largos meses, mi padre se pensó eso bien de un trabajo nuevo, mejor remunerado, y estar con los padres de mi madre. Teníamos más ventajas que desventajas y en unas semanas después de cumplir los diez años, allá iba yo en busca de nuevas experiencias.
Me río. Suena como si me fuera a vivir a las amazonas. No, Valencia es algo más normal. Mi abuela vivía en San Pedro del Pinatar, al lado de la playa. Su chalé era enorme, aunque lo tenía poco cuidado y el hedor a perro por el campo era insufrible. Todavía no me he acostumbrado a ese olor.
Los primeros meses de nuestra llegada a la Comunidad Valenciana, la vivimos en casa de mis abuelos, María y Antonio.
Detesto esos nombres, son los típicos nombres españoles. La verdad es que con los nombres soy muy delicada... creo que lo vais notando.
En fin, a pesar de esos nombres, mi abuela nunca ha sido María para mí, sino La Pita; y mi abuelo tampoco ha sido Antonio, sino Papantonio. No me preguntéis por qué; cuando nací, ya mis otros primos les llamaban así, y así se han quedado.
No me equivoqué cuando dije que La Pita no paraba de preocuparse en lo que comía.
_ Pero mujer, te vas a quedar con hambre… Come algo más._ me decía tras haber zampado uno de estos bocadillos gigantes y aceitosos de jamón serrano.
_ ¡Pero Pita!_ vociferaba_ Estás loca? Acabo de merendar un gran bocadillo.
_ Ay mujer... tienes que comer. Mi madre siempre decía que las mocitas con chichas son las mejores…
No podía soportar a mi abuela cuando se ponía así de pesada. Y menos que me llamara mocita con chichas.
Mi primer día de clase no fue nada mal; no era lo que me esperaba, por supuesto, creo que fue aún mejor.
Cuando mi maestra me presentó a la clase, todos gritaron y aplaudieron como si yo fuera la estrella; después me enteré que eso lo hacían siempre para subir los ánimos de la persona recién llegada, y además porque competían con la clase B para ver quién tenía más chicos nuevos en la clase. A partir de entonces, me convertí en la nueva.
En cuanto a mis padres...; bueno, mi madre es azafata de vuelo, así es que, le daba igual vivir en Valencia que en Tenerife, su trabajo está en el aire. Tiene mucha suerte, la verdad.
_ ¡Uff!, hoy me toca un Miami_ se queja mi madre a veces.
_¿Pero tienes el valor de protestar? ¡Que vas a Miami!_ le digo yo siempre.

Sin embargo mi padre tuvo que cambiar de trabajo por completo. Tuvo un poco de enchufe al entrar. ¡Y tanto! El jefe era el hermano de mi madre, Carlos. Antes mi padre trabajaba como electricista; recuerdo que una temporada le tocó trabajar haciendo el nuevo aeropuerto de Santa Cruz, y cada vez que oía a alguna amiga decir que iba para la península, con aires de superioridad, le informaba de que mi padre construyó “las luces” de. Aeropuerto.
Pero cuando llegamos a Valencia, se instaló como promotor de vivienda.

Y nuestra vida siguió su curso normal y éticamente, con traspiés, por supuesto, y algún que otro quilo de más.
Laura Martínez. Junio 2007

5 comentarios:

Galina dijo...

seguirás, no?

Lau dijo...

porsupuesto :-)

Van Boto dijo...

cierto, aver como continúa...

david guzmán sanjurjo dijo...

ahora ando malito, no debo leer asi que lo degustaré pronto. besos.
Y si respeto mucho a la muerte, siempre la tengo presente, tanto que le he hecho un poemita jaja
besos

nestor dijo...

buen relato, llevadero...agradable...
es tu vida?
las abuelas se parecen en todo el mundo jaja...

espero la continuación...
un abrazo, amiga.