
El otro día cogí un pincel y con un poco de pintura puse a prueba mis dotes de artista.
Ciertamente, y como si el destino insidioso le estuviera acechando durante todo momento, mostrando el camino hacia las mejores- o eso pensaba ella- casualidades de la vida, la oportunidad de dejarse caer una y otra vez bajo los enormes tentáculos de aquel a quien llamaba el hombre-pulpo, la fiera marina del que se había enamorado, había ocurrido, en cuantía, numerosas veces. Parecía que se le había asignado a alguien la tarea de calcular con exactitud la distancia entre ellos, sus horarios, sus plazas de coche en el aparcamiento de la empresa, sus compañeros de departamento, sus clientes… Las casualidades se calculan para que puedan hacer bien su trabajo.
Pero las casualidades no fueron las culpables. Si su vida se descarrilaba de la vía, era únicamente por su impericia. Y se maldijo por no poder culpar a nadie, por no poder decir “él suscitó todo”, “yo soy la víctima del juego”, “nadie me advirtió de las consecuencias”. No. Ella las conocía, y hubo un tiempo en el que se las replanteó y las analizó, las pensó y las odió, pero una vez tomada la decisión ya no había marcha atrás.
Y ahora, cada segundo que pasaba- tic-tac- era un segundo que se acercaba al desengaño. No al suyo, por supuesto.
Ya no sé qué decir. Las palabras no juegan a mi favor.
Mi boca despropicia frases absurdas que no tienen sentido y conjuga verbos que ni siquiera existen. Soy sintácticamente torpe, una negada de la lengua- en cualquier sentido que pueda tener esta palabra-, y para no parecer un adoquín, me excuso diciendo que reinvento el castellano, como la RAE, vamos.
Ya no sé qué decir(te).
Me exhaustas -¡y qué bonito no-verbo!-. Estoy cansada de tanto gritar tu nombre y no obtener respuesta. Intento idear estrategias para crear lazos entre nosotros, pero lo cierto es que tanta diplomacia me puede. Soy ruda y tosca, y además hablo mal y digo calumnias sin saber que lo son. Supongo que por eso no intentas tocarme, crees que soy demasiado tonta para ti.
Pero no me subestimes: si digo que soy tonta, no es para que te lo creas, imbécil. Me encanta hacerte creer que calculo nuestra distancia en kilómetros para que no te sientas cerca de mí y se te pegue mi necedad deliberada. Puede que sea idiota,- o que me lo haga- y puede también que no necesite hablar bien para que me entiendas, que de idiota tú también tienes bastante, pero es que ya no sé qué decir porque hace tiempo que no me interesas y que yo no lo sabía.
Tengo hambre, y el armario de las chuches está para algo...