sábado, 31 de mayo de 2008

Capítulo uno (parte dos)




EL MISTERIO DEL BOSQUE.






(Septiembre)



Yo vivía en Cherryville, un pueblecito allá perdido en el estado de Carolina del Norte. Era un pueblo pequeñito, dónde conocías a la mayoría de sus habitantes.
Mi casa era una de las más grandes, y tenía una historia muy larga: fue construida en la época victoriana, para grandes nobles estadounidenses. La anterior familia que vivía en ella se mudó a otra más grande aún, y como la vendían a un precio bastante asequible si miramos bien su relevancia, mi padre había decidido hacer un pequeño esfuerzo y comprarla. Ahora era de nuestra propiedad.
Tras mudarnos de la gran ciudad de Chicago para vivir una vida más tranquila, recuerdo las innumerables cajas que recogíamos desde el camión de la mudanza y cómo las desembalábamos para ir ordenando cada cosa en su sitio.
Mientras cargaba con una de aquellas cajas, vi en la carretera una chica que paseaba con su bici color rosa. Miraba curiosa cómo mi familia y yo recogíamos las cosas del camión y tras eso se acercó y preguntó.
-¿Sois nuevos?
Mi madre le sonrió y asintió.
-Sí. Es la primera vez que venimos aquí. Mira te presento a mi hija, debéis tener la misma edad.- y me señaló con descaro.
La niña sonrió.
-Hola, me llamo Abigail, pero puedes llamarme Aby.-me dijo.
Yo siempre fui algo vergonzosa y titubeé un poco antes de decirle mi nombre.
-S… soy Clare.
Años más tarde, aquella chica se convertiría en mi mejor amiga.


Chris aparcó el coche en el parking del “Blue sky”, una discoteca a las afueras de Charlotte, en cuanto llegamos.
Llevábamos dos horas y media en coche y sentí un pequeño mareo al bajar de él.
-¿Estás bien?- me preguntó Lorie-Te veo mala cara.
-Estoy bien, gracias-dije mientras me erguía para que no se me notara tanto el mareo.
Mientras íbamos a comprar los tickets, vi cómo un grupo de chicos, de no más de dieciséis años, rodeaban un innumerable montón de botellas de alcohol.
-¡Hey guys!- dijo uno de repente- ¿Os hace uno?- y señaló a un vaso lleno de vodka.
Chris hizo ademán de cogerlo, pero nuestras miradas penetrantes le echaron hacia atrás.
-¡Que tienes que conducir!- vociferó Aby enfadada- eres un irresponsable.
Nuestro amigo agachó la cabeza y seguimos nuestro camino.
Una vez dentro, la música no dejaba de sonar. Aquella discoteca era distinguida por su
música de negros “Si es que se puede distinguir la música por razas” pensaba yo. Por eso estaba repleta de gente de color, y los blanquitos como nosotros éramos mal vistos. A mí eso me incomodaba mucho, pero era el sitio preferido de Chris, y como era él quien conducía, a él le tocaba elegir.
-¿Dónde está el resto?- pregunté refiriéndome a los amigos que faltaban.
Sam se encogió de hombros.
-Se suponía que nos veíamos dentro de la disco- dijo después- Pero no he visto el coche de Digory afuera.
Y tras eso, se dirigió hacia unas chicas que había junto a la barra del bar a ver si alguna caía aquella noche.
Mientras, Aby, Lorie y yo, nos adentramos en la pista de baile, y un chico de color que no recuerdo como se llamaba se nos presentó y nos convenció para subirnos a la tarima. Estuvimos toda la noche bailando en ella. Ni Jhon, ni Susan, ni Paul, ni Digory aparecieron por allí. “Extraño” pensé “Muy extraño” pero quién sabía; quizás se les habría quitado las ganas de venir repentinamente, o se habrían perdido por el camino y dieron media vuelta hacia casa (todos sabíamos que Digory se acababa de sacar el carné de conducir y era muy malo con las indicaciones de la carretera).
-Chris, son las tres de la mañana- dije cansada- Mi madre se estará preguntando por mí.
-Sabes que hay dos horas y media de camino, Clare- su voz sonaba poco firme- no me apetece coger el coche.
-Te lo pido por favor; no me encuentro bien.
No noté la ebriedad en sus palabras, porque yo también había bebido bastante.
-Está bien- dijo resoplando- Ya no hace falta que me pongas esa carita, vamos.
Se lo agradecí con una sonrisa; mientras tanto, salimos haciendo eses por la puerta. Chris cantaba la canción de “New York, New York” chapurreada.
_Canta conmigo- decía mientras me cogía las manos para bailar.
Yo me solté bruscamente.
-No quiero cantar, quiero irme.
Entonces mi amigo comenzó a reír. Se metió en el coche, arrancó los motores, y una vez metida yo también, añadió:
_Que poco sentido le das a la vida, Clare.


Laura Martínez

miércoles, 28 de mayo de 2008

CAPÍTULO UNO (primera parte)

EL MISTERIO DEL BOSQUE

(Septiembre)


La noche se nos cayó encima; acompañada de una luna grande, redonda y brillante. Su brillo era la única luz que alumbraba el camino, rodeado de árboles a los laterales.
Andábamos cada vez más deprisa, casi a trote. El miedo nos causó pánico; ya ni si quiera nos dejaba pensar con coherencia y además nos convertían en unos seres escépticos que miraban a su alrededor cautelosamente, (pero sin dejar de caminar a paso ligero)
No llovía ni hacía humedad, pero sí soplaba un viento frío y seco que nos hacía pasar malos momentos, y nos asustaba de vez en cuando.
Su voz pegó un grito ahogado de repente; y, seguido, mi cabeza sufrió un golpe produciendo mi inconsciencia y derrumbamiento hacia el suelo. A partir de ahí no recuerdo nada más.
Ahora mismo me encuentro en aquel bosque. Frío, espeluznante, solitario. Me asusto al escuchar el ulular del búho, pero, de repente, ha salido volando como si temiese, incluso más que yo.
Ya no estoy asustada sino atemorizada, más bien.
Kevin me dijo que mientras el bosque guardara los sonidos del mundo animal, el silbido del frío viento, e incluso el crujir de la madera de sus árboles, entonces, yo seguiría a salvo.
Pero ya no escucho ningún ruido por los alrededores. He visto cómo las aves del lugar se marchaban repentinamente volando rápido, y cómo los insectos se han escondido en los huecos de los troncos de los árboles; el viento ha dejado de soplar. Un bosque desierto es lo que ha quedado, sólo mi fuerte y agitada respiración rompe el gran silencio de la noche.
Estoy atada por la cintura con una cadena de hierro a un árbol. Ni si quiera he intentado escapar, sé que sería imposible.
Me paso la mano por la cabeza porque noto el dolor que me ha causado ese gran golpe que me dieron. Al verme la mano tras pasármela por el cogote, veo la sangre.
Me estremezco. ¿Qué pasará ahora? ¿Qué es lo que sucederá? Sólo espero. Repaso la historia desde el principio para ver si así puedo atar algún que otro cabo; entonces podré recapacitar sobre mi desdichado destino: Todo comenzó la noche del viernes, en la que mis amigos me llamaron intentando convencerme para que saliera con ellos. Eran las once. No estaba segura de si mi madre me dejaría salir de casa a esa hora, ni siquiera sabía si yo misma tenía ganas. Estaba cansada de todo el día y me apetecía irme pronto a la cama.
A pesar de ello, sus palabras me persuadieron para salir.
_Vamos_ dijo la voz de Aby que se escondía tras el teléfono._ Será divertido.
“Será divertido” pensé mientras gruñía por dentro.
_Está bien_ acepté_ pero me traéis a casa cuando yo lo pida.
_Eso tendrás que hablarlo con Chris_ añadió Abigail_ Sabes que es él quien tiene el coche.
_Hasta las doce, pues_ y colgué.
Tras eso, me dirigí hacia la cajita de música que mi abuelo me regaló, donde yo guardaba el dinero suelto. Era negra y en su interior había unos cisnes que danzaban al son de la música en el lago, simulado con un cristal. Observé que me quedaba todavía treinta y cinco dólares. “Suficiente” pensé
Tenía una hora para arreglarme. Rechacé la idea de pasar por la ducha, ya lo había hecho esa mañana y, a pesar de los pelos de loca que llevaba, me negué a darme un baño.
Pensé en qué ponerme, y al final me decidí por los jeans de pitillo y mi blusa de manga corta blanca con mi chaleco negro sin abrochar. A las doce menos cinco ya habían venido a recogerme. Me puse mi rebeca marrón por si luego por la noche refrescaba, a pesar de que era verano todavía, me miré por última vez en el espejo, y me despedí de mi madre desde la puerta de la entrada.
_Me voy_ grité para que me oyera, ya que estaba en el salón viendo la tele.
No obtuve respuesta, como de costumbre, así es que decidí marcharme sin despedirme si quiera, a la vez que recogía mi pelo enmarañado ágilmente en una coleta.
Afuera me esperaban algunos de la pandilla: Abigail me sonrió, junto con Sam y Lorie.
Chris esperaba en el coche destartalado de segunda mano que su padre le regaló para su decimosexto cumpleaños, que desde entonces ya habían pasado otros tres. Iba con la música de la radio encendida, sonando un tema de Eminem, que no me gustaba para nada.
_Venga_ dijo desde la ventanilla_ quiero llegar ya.
Ni si quiera todavía sabía a dónde íbamos.


Laura Martínez.

lunes, 26 de mayo de 2008

Mi yo amargo.

Ahí están mis ganas de seguir.
Tiradas, quizás, entre las ateridas calles.
He probado a llorar, pues muchos me han dicho que a veces las tormentas limpian la mundicia. Pero no ha dado resultado, lo que ha quedado después de las implacables aguas emergidas de estos tristes ojos no ha sido más que cantidad de impúdicos recuerdos inmoralizados que se suman a la pila de basura.
Muchas veces sigo soñando con ellos, por eso, la noche se ha vuelto tenebrosa y le temo. Soy escéptica hasta conmigo misma.
Un ser irreconocible y nimio.
Llegué ha pensar que hasta incluso han practicado taxidermia conmigo. Esa soy yo, un ser disecado que aparenta ser vivo.
No hay nada más que pensar, mi ineptitud no me lo permite. Ignorante como el mismo ser que no se preocupa de atesorar la sabiduría, una ingenua de la vida que cree que este mundo se puede cambiar con tan sólo una sonrisa, y que tras haber recibido varias adustas caras se ha rendido.
Me contemplo en el espejo y no veo más que harapos colgando de este ingrato cuerpo de carnes flácidas. Me despojo de las prendas y me observo con detenimiento.
Comienzo por la cara. Mi mano acaricia mi rostro con algo de conmiseración. Ahí está mi cara redonda y morena, áspera como la lija. Sigo por el cuello, hasta llegar hasta los pechos, (prefiero no hablar de ellos). Mi mano avanza hacia el vientre, y, lentamente, llega hasta mi sexo. Suspiro.
Ahí está, no podemos decir que solitario, pero sí confiado y, por lo tanto, vulnerable.
He seguido por los muslos, luego por los gemelos, y definitivamente, he llegado hasta los pies.
Me siento en el suelo, exhausta, y me aferro a esta maldita prisión.
Mi yo en una pasada.
Mi yo inmolado.
Mi yo marchito y eludible.
Mi yo mórbido e irrefutable.
Mi yo astringente y amargo.
Mi yo inerte, frío y espetado.

Laura Martínez.

domingo, 25 de mayo de 2008

!Que le den a las patatas!


-Niño tira pá Linares- me dijo mamá.- y compra algo de patatas.
Tras darme algo de dinero, subí a la bicicleta dispuesto a pedalear hasta el pueblo. El sol irradiaba intenso en el cielo, y pegaba fuertemente justo en mis ojos. Poco a poco, un dolor de cabeza se agudizó en mi cuerpo, si no encontraba sombra rápido, podría darme algún jamacuco.
Por casualidad encontré a un anciano sentado en una roca del desierto camino, junto con su bastón y con un sombrerito de lo más peculiar. Me paré justo en frente de él, y le dije:
-Se lo compro.
Él asintió y se quitó el sombrero para vendérmelo. Momentáneamente, recordé que no tenía más dinero que ese, pero con indiferencia, agarré el sombrero, le entregué los euros, y pensé: “¡Que le den a las patatas!”
Laura Martínez.

martes, 20 de mayo de 2008

768 Suspiros, más los que quedan por contar...

EL apetito desvaneció en un momento. Yo contemplaba a mis padres, todavía con los ojos lacrimosos, y me fijaba en cómo agachaban la cabeza y suspiraban a la vez. Ya iban 768 suspiros, había contado todos desde que empezamos la discusión. Yo los contemplaba a ambos con decepción. ¿Ahora qué sería de mí? ¿Tendría que ser Carolconsuelos intentando que todo se arreglase? Yo suspiré y lo sumé a la cantidad que tenía acumulada… ya iban 769.
Todos habíamos llorado; ni si quiera mi padre esta vez se abstuvo de ello. Nunca me imaginé un panorama así:
Estábamos sentados en la mesa dispuestos a comer, cuando los dos estallaron y me contaron lo que sucedía. Una situación confusa y vergonzosa para mí. Supongo que esperaban una contestación u opinión, pero es que no sabía qué decir. Sé que mi madre estaría pensando que la odiaba, y sé que mi padre estaría pensando que odiaba a mi madre y que me compadecía de él. Pues bien, estaban equivocados, los compadecía a los dos; y por supuesto, no odiaba a mi madre, sólo me preguntaba porqué lo hizo. Estaba entre la espada y la pared, ¿se suponía que tenía que elegir, que tendría que verificar que uno de los dos llevaba razón? No estaba dispuesta a elegir entre ellos, y, aunque decepcionada por ambos, me dolía mucho esta situación, porque siempre había dicho que podía presumir del amor de mis padres: tierno, sincero e infinito. Por lo que vi, me equivoqué.

Yo veía a mi hija remover los espaguetis en el plato mientras las lágrimas se le caían por su carita redonda. ¿Qué podría estar pensando? Me preguntaba avergonzado porque había llorado delante de ella; pero es que ya no sabía a quién recurrir. Tenía que contárselo todo antes de que yo explotase por dentro.
Y suspiraba una vez más…
Todavía no sabe lo que en estos momentos aún puedo sentir. Hacía tiempo que no era feliz, que mi trabajo se había vuelto insoportable, y añoraba tiempos atrás…
Soy un blandengue, un hombre caído en las manos del amor, y que éste, traidor, me apuñaló por la espalda. Cuando me enteré de que mi mujer se entregaba en el lecho de otro hombre, me sentí insignificante. ¿De verdad había estado tan al descuido de ella que ya ni siquiera me amaba? Imaginarla haciendo el amor con otra persona que no fuese yo me mataba por dentro.
Yo ya me lo olía de hacía varios meses, pero jamás imaginé tal atrocidad por su parte… y es que nadie me comprende… ¿Acaso he amado mal? Yo creo que he sido el hombre que más la amado en toda su vida. Yo morí por ella, muero por ella y moriré por ella… jamás la dejaré de amar haga lo que me haga.
Y la vuelvo a imaginar engañándome; cómo, en un hotel de lujo, pasaba las noches con otro hombre quizá más guapo que yo. ¿Qué puede pensar todo esto mi hija, ahora que lo sabe?
Porque sé que en el fondo, pase lo que pase, jamás la podré perdonar… y pase lo que pase, jamás podré vivir sin ella…
Moriré lenta y dolorosamente.


Yo había sido la que más había llorado.
Me siento cutre, rastrera, una lagartija arrastrándose por medio del desierto y que se siente pisoteada por sus seres queridos. Puede que no se lo crean, pero los quiero, tanto a mi hija como a mi marido. Lo que pasa es que no han sabido apreciar la opresión dentro de mi cuerpo desde hacía varios años.
Suspiro.
Recuerdo que el amor entre nosotros se fue apagando poco a poco, porque parecía que él ya no tenía tiempo para mí.
Puede que haya dejado de amarlo, no estoy segura… Pero lo último que quería hacer era dañarle…
Soy una mala persona, una pecadora que ha cometido adulterio durante los últimos nueve meses…
Y el cómo disfruté junto al otro, desvaneció en cuanto mi ineptitud al mentir me delató, y es que él me hacía sentir libre, hacía que olvidara todos los problemas que habían en casa… Pero ahora, que ya no lo voy a volver a ver en mi vida, quiero que todo esto se solucione, que mi marido me de una oportunidad, y que mi hija no me odie. Porque seguro que lo hace.
Dios mío… dame fuerzas, no puedo soportar la presión de ser odiada por el propio fruto de mi vientre… ¡Lo siento, de verdad! No quise hacerlo…
En aquel momento embarazoso, sentados en la mesa, se creó una situación algo tensa porque le habíamos contado a nuestra hija Carol lo que nos pasaba. No quiero imaginar lo que ahora pensará de mí.
Y, sin saber qué hacer y decir, tras la discusión recogí los platos y los iba metiendo al lavavajillas, él se levantó llorando de la mesa y se fue a fumar un cigarrillo al balcón, y Carol se encerró en el baño, supongo que para asimilar todo lo que ahora sabía y poder llorar tranquila. Yo, quien fui la causante de todo aquello, me puse a limpiar la cocina. Supongo que fue uno de los pequeños castigos, entre otros muchos peores que todavía me quedan por realizar. Hasta le momento, he de lograr que ambos me perdonen.
Laura Martínez

domingo, 18 de mayo de 2008

LA MALVADA HIPOTENUSA


La malvada hipotenusa capturó a Pi. No era de extrañar que tras años interminables de búsqueda, Pi se volviera vulnerable; había perdido facultades.-Ya no vales 3.14, querida- le dijo Hipotenusa cuando la ató a una silla por la coma justo antes del catorce.- Ya no serás símbolo de la razón de la circunferencia a la del diámetro… ¡No serás nada!- comenzó a reír como una bruja posesa.Pi mantenía su mirada firme, aunque en realidad estaba asustada (o eso pensaba Hipotenusa), si le quitaban su valor matemático, moriría al instante, ya no sería Pi, sino quizás la raíz cuadrada de algún número insignificante.-¡Bastarda!- gritó el pobre Pi- Pensé que eras legal… Jamás me imaginé esto de ti…
-¿Acaso me considerabas una amiga?- reía maliciosa.- Tan exacto que eres, y ahí está tu ignorancia…
Pero lo que Hipotenusa no sabía, era que Pi nunca moriría. Su infinidad le protegía del abismo
Laura Martínez.

viernes, 16 de mayo de 2008

Desplomada


Cuando la princesa miró a través de la ventana y vio aquel desastre, cayó al suelo y su cuerpo se desplomó sobre las baldosas de su cuarto. Sus doncellas corrieron por la habitación despavoridas, sin rumbo fijo, e histéricas. Sin saber qué hacer, gritaban desesperadamente que la princesa había muerto.
Laura Martínez.