
Tengo una ciudad que me observa cuando quiere y cuando no, trata de empequeñecerme para poner a prueba mis métodos de supervivencia entre tanta aglomeración.
Tengo un vaso de té bien calentito sobre mi plisado ombligo y se me antoja un olor a gominola por toda la habitación.
Tengo, desde mi ventana, una torre con un reloj que se divisa a poca distancia, que centellea luces al rojo vivo y que, cercano, va marcando sinuosamente el paso caduco de mis pestañeos. Hasta convertirse en ojos cerrados. Hasta que se pierden en las anchas avenidas de mis pensamientos. Hasta que alcanzo a soñar contigo.
Tengo una flor vieja que no parece querer marchitarse, y que, a pesar de ello, resistiéndose a quedar aniquilada, su tallo curvado y poco envanecido se arquea más, llegando al final de su existencia, cada vez que piensa en ti.
¡Quién te ha visto y quién te ve (y sombra de lo que haces)!
Yo lo hago a distancia, desde mi pequeño rincón- con olor a golosina- y te imagino con tanta firmeza, que a veces olvido que todo lo que me queda de ti es tu recuerdo eminente que se pasea con airosidad de un lado a otro mirándome y ¿sonriéndome? mientras me llevo el vaso de té a la boca, dispuesto a apagar el ardor que éste deja en mis labios con un beso.
La gente se equivoca cuando dice que lo onírico es para los muertos; ellos no pueden soñar.