lunes, 8 de junio de 2009

Historias inmoralizadas (2)

Ella asintió y con una débil sonrisa, le agradeció el cumplido, después recostó su diminuta y herida sien sobre la almohada. Se durmió casi al instante. (...)

Max tuvo la tentación de volver a coger la libreta de encima de la mesita de noche y seguir leyendo aquella historia del diario, escrita con una letra rápida e ininteligible, que le transportaba al dolor de la muchacha; y con el vencimiento de la curiosidad, se la echó al bolsillo de la bata verde y salió de la habitación, número 67 de la tercera planta.

Mientras se encaminaba hasta la sala de reunión, olía por todos los rincones a enfermo y a medicamentos y recordó que muchas veces, desde el final del pasillo, se impregnaba en la piel los gritos delirantes de esas personas lánguidas y sus trémulos silencios que dejaban al marcharse para no volver jamás.

El caso de Juliane no era diferente, y sus pesadillas eran evidentes después de haber vivido tal experiencia. Max la veía guapa, muy guapa; pero por desgracia la belleza había quedado rasurada por los cardenales en su cuerpo y las innumerables heridas que le dejó marcadas algún mono de feria que se movía libremente por las calles de la ciudad sin ser todavía sentenciado. Tras pensar esto último, se llenó de rabia y comenzó a murmurar insultos para sí mientras andaba cabizbajo.

-Máximo ¿Qué ocurre que estás refunfuñando?

La doctora Charlotte, que llevaba ya más de ocho años en aquel centro hospitalario, se le había cruzado por el pasillo y portaba en la mano la carpeta del historial médico de su nuevo paciente.

-¿Eh? No, no me ocurre nada. Es un mal día, solo eso.

-Tienes que dejar de entristecerte por la mujer.- dijo seria adivinando sus pensamientos- Como el de ella, hay muchos casos.

Max asintió con la cabeza

-Lo sé, pero con Juliane es... diferente. Le he cogido cariño. Si vieras las cosas más profundas que escribe… - su voz sonó melosa.- Y, bueno, ¿qué tienes para hoy?- dijo señalando la carpeta.

Ella sonrió

-Un pobre anciano. Está bien ahora, algo cansado. Le estamos suministrando oxígeno. El pobre respiraba fatal.

Con un gesto, se despidieron y Máximo siguió su camino hacia la sala de reuniones. Era tarde, y como todas las noches, estaba vacía, y el silencio duplicaba las vibraciones que la máquina expendedora de café y los ordenadores encendidos emanaban.

Se sentó, algo exhausto, en el incómodo sofá. Notaba cómo sus muelles desgastados y oxidados se le hincaban en las nalgas. Pero le quedaba únicamente dos horas y ya habría terminado su turno de noche. Sin embargo, por increíble que pareciese, no le apetecía marcharse. Necesitaba sentir que Juliane estaba segura, que no volvía a tener pesadillas y que nadie más le hacía daño.

Sentado incómodamente en aquel destartalado sofá, sacó de su bolsillo la libreta de Juliane que había robado tan sólo por aquella noche, y que después la dejaría en su sitio sin levantar sospecha alguna. Comenzó a leer de nuevo: (...)

5 comentarios:

F.J.Lucas M. dijo...

¿la sombra del viento?

Lau dijo...

mmmmm No leí la novela :-Sni sé nada sobre ella

Sombras en el corazón dijo...

Ah, eso de cotillear en los diarios: que juego da :0)
Por cierto, hasta mi trasero ha sentido ese incómodo sofa...

Un abrazo y sigue escribiendo que es lo tuyo

David Carrascosa dijo...

Por cierto, LAU. Qué tal tus exámenes? Espero que bien

Besos

AdR dijo...

No te hagas de rogar durante mucho tiempo ¿eh?, saca la libretita y escríbenos lo que sigue, anda :)

Besitos