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Gundula Schulze 1989 |
Se me van solas las manos cuando recuerdo las noches. Me hacen y me dejo. Me miman. Me acarician, como antes en las noches, suavemente la pantorrilla, o el muslo, o la barriga. Me apartan mechones irrespetuosos de la cara, de esos que ciegan ojos, y me pellizca el tríceps blando del brazo izquierdo. Todo lo recorren, mi manos, perdidas, idas, bipolares. Y no son ellas cuando me tiran del pubis, ni tampoco más tarde cuando se expanden para robarme algún grito. Me abrigan la desnudez y me calman la rodilla cuando tiembla. Se quedan obstinadas repasando esa cicatriz que me hice traspasando verjas. Creen que tienen todo el tiempo del mundo para ser, pero no entienden que la eternidad sobre mi cuerpo es sólo un privilegio para pocos.