
El brillo de sus ojos verdes me cautivó, y su sonrisa, cambiante, hizo que cayera en sus garras de fiera.
De altura no escaseaba, aunque tú tampoco tienes nada que envidiarle en cuanto a centímetros.
Sus piernas eran fibrosas y a penas contenían vello, el poco que tenía era rubio y muy fino. Poseía un torso atlético (la dinámica de su cuerpo era de una perfección descomunal.)
Su pelo era castaño claro y bajo los rayos del sol, que por esta zona son muchos, le brillaba como si fuera oro.
Su piel: lisa y suave, casi como el terciopelo. Angelical era su cara: no tenía unos rasgos muy marcados, al contrario: eran dulces, como los pasteles.
Esa dulzura a veces era eludida por su pícara expresión, tentándome a todo momento. (Un salvaje.)
Aquella doble perspectiva me volvía loca, era como tener el picante y el azúcar a mi disposición.
Además, era ultra detallista. Por supuesto, había días de dejadez donde me ponía nerviosísima perdida por si acaso ya no le gustaba, pero, de repente: una jacinta por ser un miércoles cualquiera, un apretujón por detrás mientras salía del gimnasio o una cena sorpresa para celebrar que nos queríamos. Era muy imprevisible.
Le gustaba vivir el momento y no hacer planes del futuro. Me llevaba a la playa y allí nos pegábamos aquellos paseos largos que ocupaban toda la tarde hablando de música, cine, o de meras tonterías. También me invitaba a exposiciones de esculturas y cuadros porque sabía que me gustaban, y además, escuchaba, embelesado, mis cuentos, que, en absoluto,- me decía- no les parecían bodorrios.
Él estudiaba medicina, era su tercer año de carrera. Nos complementábamos. Mientras yo le hablaba de Espronceda o de Garcilaso de la Vega, él me explicaba cómo sanar con métodos caseros e infalibles el asma o las propiedades beneficiosas de según qué alimentos para nuestro organismo.
Además de guapo, listo.
Era también un hombre de ciudad, que le encantaba viajar por todos los sitios y le daba igual el destino a escoger. Se consideraba hombre de ninguna nación, simplemente hijo del mundo.
Su estilo de vestir era impecable,- como su estilode vida- aunque siempre le daba el último toque personal, desenfadado, muy bohemio a decir verdad, casi como Johnny Depp.
Y en los días de tristeza, podía contar con él, para que él contara conmigo esos chistes malos y cortos que a mí tantome gustan y así hacerme reír.
Su nombre daba igual, pero era mejor que tú.
Era cariñoso y tierno.
Era perverso.
Era visionario y también realista.
Era luchador, pero tranquilo.
Un alma inquieta, activa, aunque iba a su paso.
Era un trotamundos
Era un cielo…
Un sol…
¡Un cachito de pan!
Era, era…
Era fruto de mi imaginación.