lunes, 29 de diciembre de 2008

Well, come on, let's go!








Mexico - Laura Marling
Esta historia trata de una navidad. De sus villancicos, turrones, luces y Papá Noeles colgando de las terrazas de las casas de la gente. Del amor, de los sueños, sonrisas carcajadas, nostalgias y esperanzas de un nuevo porvenir.
También trata sobre una escapada en familia hacia un país no muy remoto- pero sí algo lejos; de la emoción de mi hermano pequeño abriendo los regalos debajo del árbol, de la ingente cantidad de deliciosos platos en un bufete, de mis padres besándose bajo una carpa situada en un jardín verde lleno de velas y bajo la luz de la luna, de mi otro hermano contando chistes malos que me hacen reír hasta dolerme la barriga.
Esta historia trata de mí, de cómo mis malas expectativas desvanecieron y los hechos fueron maravillosos, de mis ganas de llorar porque siento que una vez, en mucho tiempo, todo marcha sobre ruedas. Y es que soy una sentimental de cuidado, lo sé.
Esta historia sólo habla de menos de 24 horas en Venezuela, de tres hermanos filmando tonterías y chorradas con una cámara barata del Carrefour, de una mañana soleada, de un 25 de diciembre lleno de chapuzones en una piscina de un hotel genial, y de la poca importancia de ese hotel si no fuera porque estoy acompañada de mi familia. De los mejores momentos de un año algo frustrante- y sólo porque a mi me apetece que sea frustrante, porque ha sido un año buenísimo, de principio a fin. Del traje de luces de zara, de la camisa de mi hermano Yago que le quedaba genial, de esas expresiones como: ‘Hola caracanos’, de tres montados en una moto de policía, de colinas verdes llenas de casitas coloridas en medio de una caótica ciudad, de ocho horas de vuelo- ida y vuelta- y de unas ganas de llegar a casa para esperar una llamada de alguien a quien no veo desde hace años. Del recuerdo de la lluvia tras la ventana en medio de un día seco de junio.
Esto no es más que la historia de algunas azafatas algo bordes y otras tantas sonrientes, de dos días estresantes y llenos de adrenalina, de maíz, y cosas extrañas para comer recubiertas en hojas de bananas, de corrupción y peligro, de víctimas, de ‘españolitas frescas’ para los delincuentes. De mi ‘yo’ enfadada porque pienso que esto último no es verdad, de mi padre llamándome valiente, pero sin creerse del todo que sería capaz de atreverme a salir yo sola a la ciudad.
Esta historia trata de envidia porque los hijos del comandante van automáticamente en clase Business, y de un vuelo con retraso de casi hora y media. Esta historia- y vaya historia- trata de la reminiscencia de un polvo pendiente- seguramente en un coche y a lo cutre- y de las dudas de si se realizará a mi vuelta. Del recuerdo de la pasión, del frío, de una niebla espesa, de dos corazones- o al menos uno sí- palpitantes porque surcan cuerpos conocidos como si nunca antes se hubieran sorprendido desnudos.
Pero no, esta historia trata sobre una chica que intenta narrarla y se va por las ramas. De un final irrelevante, simplemente porque aún no ha acabado. De la corazonada de que siga su curso tal y como está, de la esperanza de que tenga un final de vivir feliz y comer perdiz- aunque no por mucho tiempo, si no la vida no tendría sentido.
De un ‘hola’, un ‘nos vemos mañana’, un ‘adiós’ y una mueca de la otra persona porque prefiere siempre un ‘hasta luego’
Laura Martínez

domingo, 28 de diciembre de 2008

La Noche (fin)


Toxic (3) - Yael Naim

Toda conversación cesó cuando Él lentamente se acercó a ella. La iba a besar. Se veía venir incluso antes de que Él se acercara. De nuevo, la muchacha sintió su corazón palpitante, sus piernas le flaquearon y su cuerpo comenzó a tiritar; siempre le pasaba aquello si se ponía nerviosa, y lo detestaba.
Ya está, casi, falta poco… se rozan levemente y… ya cayeron en el beso.


-¿Adónde vamos ahora?- preguntó Él mientras le abría la puerta del coche.
-Sorpréndeme- dijo con un arrebato la muchacha.
Él la miró y quedó pensando por unos instantes a qué lugar la podría llevar, y después, asintió con la cabeza. Tenía en mente acercarla a un lugar bonito, solitario y esperanzador- esto último para Él.
En un par de intentos, se confundió de camino y tuvo que dar media vuelta para encontrar el desvío.
-Oye, que te lo había dicho medio en broma, hombre…
Él la miró.
-Deja que me lo gane, Lauri.
Y cómo detestaba aquel diminutivo de su nombre, le hacía sentirse muy poca mujer, una niñita inocente de todavía ocho años, pero, sin saber porqué, oírlo de sus labios era completamente diferente.
El coche seguía su marcha, y la noche, fuera, era fresca y mojada. La humedad empañaba las ventanillas y cada vez la niebla que se formaba en la carretera era más espesa.
El auto comenzó a ir más despacio porque apenas se podía ver nada.
-¿A Dónde me llevas?- preguntó la muchacha curiosa.
Pero al ver cómo Él giraba el volante hacia el desvío hacia un Parque Natural, no necesitaba la respuesta- ni tampoco la obtuvo.
Ya no había más carretera, sino un caminillo estrecho y pedregoso que hacía tambalear el auto. La niebla de fuera impedía ver todo lo de los alrededores y el paisaje se camuflaba entre ella.
La muchacha miraba por la ventanilla para ver si podía contemplar algo afuera, pero nada, ni siquiera la Luna, que hasta hacía unos momentos brillaba redonda en el cielo. Todo había desaparecido. Sólo quedaba el coche, las piedras del suelo, ella y Él.
De repente paró el coche.
-¿Qué sucede?
-No hay más camino. Bajemos aquí.
Ella obedeció. Con aquel abrigo gris, y esos zapatos arreglados, se internó en la blanca y fría niebla. Notó de repente que algo le agarró de la cintura.
-Vayamos a dar un paseo por aquí.
Él había señalado un sendero diminuto y estrecho que se encontraba a la derecha. Ella asintió, pero algo le decía que por allí no debían internarse.
Él la miró y sonrió.
-¿Tienes miedo?
Ella negó con la cabeza, y entonces Él volvió a sonreír.
El sendero era demasiado estrecho para ir los dos uno al lado del otro, por lo que Él, se puso a sus espaldas mientras le ponía una mano en el hombro. Aquello reconfortó a la muchacha, porque, aunque no lo hubiera confesado, estaba muerta de miedo y tampoco sabía muy bien porqué.
El caminillo se veía marcado por un pasamano de madera que tenía a los lados para cuando- de día, sin niebla y con Sol- los visitantes pudieran contemplar la flora y fauna del lugar sin salirse de aquel sendero.
Anduvieron y anduvieron sin ver absolutamente nada, hasta que ella se giró y le confesó que tenía miedo.
-Pero, ¿por qué?
-Bueno, veo demasiadas películas de miedo y esta niebla es espeluznante…
Él rió.
-Ahora mismo nos sale aquí un loco con una motosierra, ¿Imaginas?
-Calla, calla…- se estremeció la chica- o una niña-fantasma de tez blanca y con un camisón blanco salpicado de sangre.
Él volvió a reír. Parecía que era lo único que sabía hacer.
-¿Te divierte lo que digo? Porque a mi no, nunca sabes lo que puede haber más allá.
Él dejo de andar y a ella la giró para poderle mirar a la cara.
-Deberías temer más a los vivos que a los muertos, Laura.
Estaban muy cerca el uno del otro. Ella contemplaba sus ojos perversos y podía notar su aliento fresco.
-¿Insinúas que debo tenerte miedo?
Él asintió con la cabeza.
-Mucho.
De repente, él se abalanzó sobre ella y le atestó un puñado de besos que tenía guardados desde hacía mucho tiempo. Ella le recibió con ganas .Los primeros fueron suaves, caricias leves entre dos labios sedientos. Pero la pasión se fue desatando y entonces sintieron cómo aquella sed les volvía locos. Las lenguas buscaban agua, y se movían como locos intentando hallar aquel esperanzador manantial.
Repentinamente, Él la cogió en brazos y la apoyó sobre la barandilla de madera, entonces, se miraron. Sonrientes, ambos sabían lo que buscaban.
Ella le atrajo hacia sí con sus largas piernas y le envolvieron toda la cintura. Él le despojó de su abrigo, y ella de su sudadera. Se desnudaron con tanta fuerza, que las prendas podrían haberse hecho trizas. Se acariciaban, besaban, mordían. Nada se oía fuera, sólo la respiración agitada de los muchachos.
La noche y la niebla ya no parecían tan siniestras, sino que otorgaban una sensación abrumadora de erotismo.
Cuando se hallaron libres, la presión se apoderó de sus cuerpos. Los matorrales y cañaverales los observaban atónitos; la ropa herida y esparcida por el suelo imploraban piedad; la niebla, enardecida, les envolvió y los impregnó de humedad; y la luna, incluso sin estar presente en el oscuro cielo, se estremeció ante aquellos gritos que viajaban por el espacio en busca del placer.
No había nada que los pudiera parar. La locura había escapado y los sentidos, que habían despertado, volverían a coger el sueño, pero para entonces, aún quedaba mucho tiempo.

Laura Martínez

sábado, 27 de diciembre de 2008

En el bar (5)

Todo fue muy rápido. Ella se había girado para dirigirse con su amigo a la planta de arriba, cuando notó que se había chocado con alguien que tenía enfrente de ella y había tirado las bolsas que el desconocido llevaba en la mano.
-Lo siento… lo siento, disculpe, de verdad, deje que le ayude…
Silencio.

-¿Laura?(...)

Las nueve. Acababan de tocar al timbre, ¿Lo lleva todo? Corriendo fue a mirar su bolso: llaves, dinero y móvil. Bastaba. Se miró en el espejo antes de bajar las escaleras de su casa por enésima vez. Sí, iba bien.
Bajó a prisa por las escaleras mientras se ponía el vestido derecho y el abrigo gris. Después se observó de nuevo en aquellos espejos de la entrada y se dio el visto bueno, aunque pensaba que iba demasiado arreglada y quizás algo provocativa, ya que el vestido, aunque diferente al que llevó a la tetería, era corto y se ceñía completamente a su cuerpo. Le hacía unas piernas más largas que las que tenía, y para su gusto, enseñaba demasiado. Pero ya llegaba tarde. Salió a la calle.
Allí estaba Él, esperando en el coche. No parecía tener muy buen humor porque fruncía las cejas, como si estuviera cabreado, pero al percatarse del sonido de las bailarinas de Laura, cambió de expresión y sonrió.
-Pero que guapa vas.- atestó casi con resquemor- y yo que he venido aquí en sudadera…

Mucha gente cree poco en el destino. El destino se lo forja uno sólo, no está escrito en ningún lado.
Lo que había pasado en el centro comercial no fue casualidad. Fue destino, por mucho que la gente hubiera pensado que era una tontería, L, lo creía así. Después de poner cara de tonta, seguramente, porque no sabía qué decirle al haberse tropezado con Él y haberle tirado todas las bolsas de la compra, éste le invitó a tomar algo, y allí, quedaron para una cita al día siguiente. Todo fue muy rápido y confuso, y sin pensárselo más de dos veces,- casi automáticamente- ella aceptó. Y allí se encontraba ahora mismo.
La cita resultó ser muy informal. Él la llevó a tomar algo a un pueblo de al lado, y ella, sintiéndose estúpida por haberse arreglado tanto, pegaba sorbos a aquel botellín de agua que se había pedido.
-Pero bueno, hacía tiempo que no nos veíamos, ¿eh?
-¿Cómo? Aaa , sí, sí… mucho…- la muchacha vacilaba siempre al hablar.
Poco a poco fue tomando soltura. Comenzaron a hablar sobre aquella serie de televisión nueva que había estrenado Antena tres.
-Es un bodrio, no sé cómo pueden actuar tan mal, por favor. Seguramente se han gastado más en publicidad que en hacer la propia serie…
Él siempre le daba la razón.
-Sí, yo tuve que apagarla nada más comenzar a verla…
Y cantaban la canción burlándose de ella.
-Bueno, ¿Y qué me dices del nuevo anuncio de ministerio de sanidad, ese de ‘hazlo con Condón hazlo con coco’? Me da vergüenza ajena nada más verlo… y oírlo, por favor… ¿De verdad le puede gustar eso a alguien?
El negaba con cabeza y se encogía de hombros
-Tengo entendido que Nach lo ha denunciado.
-Coño, normal. Como leí en un artículo de opinión el otro día, ¿es que el Estado no puede crear sus propias boñigas que tienen que plagiar el de ese rapero? Y bueno, ¿qué me dices de lo del ‘koko’ con k? Venga, que luego llega selectividad y por no sé cuántas pocas faltas de ortografía ya me suspenden… Así andamos en España…
Conversaciones como éstas que, aunque no venían a cuento ninguno en aquella cita algo extraña, hacía que la velada resultase incluso divertida.
Toda conversación cesó cuando Él lentamente se acercó a ella. La iba a besar. Se veía venir incluso antes de que Él se acercara. De nuevo, la muchacha sintió su corazón palpitante, sus piernas le flaquearon y su cuerpo comenzó a tiritar; siempre le pasaba aquello si se ponía nerviosa, y lo detestaba.
'Ya está, casi, falta poco… se rozan levemente y… ya cayeron en el beso.' (...)
Laura Martínez

Sorpresa, sorpresa (4)

Pero para entonces, pasados unos cuantos escaparates más, su amigo observaba petrificado a un chico alto, rubio y con unos vaqueros rotos. Sólo podía ser una persona. (...)
-L, mira.
La muchacha giró la cabeza para observar lo que su amigo le había señalado.
Su corazón comenzó a palpitarle rápidamente, y, además, tuvo la sensación de que se le había subido casi hasta la garganta. Tragó saliva.
-Te dije que tenía una corazonada.- le dijo a su amigo sin dejar de mirar a Él.
-Bah, L, tus corazonadas nunca se cumplen… Por eso no te hice mucho caso. Será cosa de brujería.
-No me habrás echado un mal de ojo, ¿Verdad?… Sabes que no creo en estas cosas, pero contigo soy algo escéptica.
Ambos rieron, y es que para ella, su amigo tenía como un sexto sentido. Todo ese rollo de los males de ojo, y de adivinar el futuro comenzó con una broma hacía un par de años. Ellos iban al instituto y acababan de tener un examen de historia. Él, en broma, dijo: “Mi mente ve que vas a sacar un 6’3, L” “Ala, que poco, ¿No ve que se acerca al siete?” Pero, efectivamente, cuando el profesor iba entregando los exámenes con sus respectivas notas, L había sacado exactamente lo que su amigo había predijo. A partir de ahí, adivinaba casi todas las notas, y, además, en varias situaciones de dudas que la muchacha tenía, había recurrido a él para que le dijera qué debía hacer en función del futuro que él veía- casi siempre medio en broma- y, milagrosamente, su amigo daba en el clavo.

-¿Lo vas a saludar?- le preguntó.
-No. No me apetece fingir esa sonrisa falsa y contarle que todo me va bien con cara de estúpida…
Su amigo se encogió de hombros. Le siguieron con la mirada un rato más, y lo vieron dirigirse hacia la salida.
-Se va,- dijo S- no debes temer…
Y volvieron a reír.
Estar con su amigo era genial, fantástico. Siempre le ayudaba en momentos críticos- y no tan críticos- y se lo pasaba genial porque era el único que le hacía reír en todo momento. ‘Único’ pensaba la muchacha.
Siguieron paseando y se adentraron a varias tiendas más, pero pararon en una zapatería que a L le encantaba.
-¡Pero mira que zapatos…!- exclamaba la muchacha- son perfectos …
-Pero Virgen, ¡si son horrorosos!
Eso sí, los gustos de ambos eran completamente diferentes.
-Bueno, va, ya vendré con más tranquilidad yo sola. ¿Nos vamos a ver tus Vans a la zapatería de arriba?
Su amigo asintió con la cabeza.
Todo fue muy rápido. Ella se había girado para dirigirse con su amigo a la planta de arriba, cuando notó que se había chocado con alguien que tenía enfrente de ella y había tirado las bolsas que el desconocido llevaba en la mano.
-Lo siento… lo siento, disculpe, de verdad, deje que le ayude…
Silencio.
-¿Laura? (...)

Sueño, realidad, y escaparates (3)

(...)‘Pi-pi-pi-pi-pi’ sonó y vibró su móvil. Un mensaje.
Sin saber porqué, se alteró al momento y pegó un brinco en el sitio. Algo le decía- una corazonada o un presentimiento- que era Él. El del sueño, el mismo, el del pasado y, quizás, el del futuro.
Tanto se lo creyó, que la desilusión fue enorme al comprobar que las expectativas no habían dado resultado: Era un par de llamadas perdidas que su mejor amigo, el de la otra noche en la tetería, había realizado. Suspiró riéndose entre dientes, y preguntándose a sí misma, cómo pudo pensar en algún momento que Él se iba a acordar de ella. Pero, ¿Es que a caso le importaba? ¿Y qué más daría? Simplemente había sido un sueño que no tenía ninguna significancia ni para el presente, futuro o cualquier escala el tiempo, ni para su propia resignación.
Suspiró y marcó en el móvil el número de su amigo.
-¿Sí?
- S, soy yo.
-Hola- respondió secamente.
-He visto las llamadas perdidas esta mañana, ¿querías algo en especial?
-Sí, es que había pensado que quizás te apetece ir al centro comercial. Acabo de ver anunciar las Vans que quería para estas navidades por la tele, y bueno, me preguntaba si me acompañabas a comprarlas. ¡Tengo unas ganas de tenerlas ya en casa…!
No era la primera vez que su amigo requería su presencia para comprarse ropa, aunque tampoco era algo habitual.
-Por supuesto que iré. Me apetece chamuscar un pelín la Visa.

Tras encontrarse en el punto indicado y saludarse como siempre, decidieron comenzar a ver los escaparates. Todos estaban decorados con adornos navideños y los colores más típicos de aquellas fiestas. La muchacha intentaba distraerse probándose prendas de su agrado, pero sus suspiros le delataron, y su amigo se percató de que algo le preocupaba.
-¿Qué sucede?- preguntó con seguridad al verla de aquella manera.
-¿Es que acaso no sabes cómo soy? Es una tontería…
-Bueno, así nos reiremos un rato- le sonrió.
Tras una breve pausa de segundos, la chica, sin pensárselo, le contó el sueño.
-No sé porque pienso tanto en Él ahora. ¿Es simplemente por el sueño o de verdad no lo había olvidado todavía?
Su amigo le atizó una mirada algo acusadora.
-Primero: nunca tuviste que olvidarlo porque no sentías nada especial por él, sólo atracción física. Si por un momento te paras a mirar vuestro pasado, no era nada más que follar. Segundo: ¿estás tonta? A ver si ahora por cada cosa que sueñes te vas a volver una obsesa… Pobre de mí…
Y fingió un desmayo bastante teatrero.
-No seas estúpido.- le dijo enfadada pero sin poder evitar reírse- Claro que sentía cosas por él, y no me refiero a atracción física sólo. Y no estoy obsesionada, por dios, que sólo te he contado que lo he vuelto a recordar, nada más.
Pero para entonces, pasados unos cuantos escaparates más, su amigo observaba petrificado a un chico alto, rubio y con unos vaqueros rotos, que sólo podía ser una persona. (...)

martes, 23 de diciembre de 2008

Claros y rotos (2)

(...)Y sin más remedio, Laura siguió dándole pequeños sorbos a aquel té pakistaní, mientras escuchaba a sus amigos hablar de un tema al que ni siquiera estaba prestando atención.
Una vez en casa, se puso el pijama, acarició a Peca, su gata, y todavía con el olor a menta, se acostó.
Lo que aquella noche soñó la desconcertó un poco. No fue bonito, ni feo, simplemente algo extraño. En su mente se vio con un personaje que una vez hubo en su vida: el chico de los pelos de oro y de los vaqueros claros y rotos. Más que soñar, volvió a recordar el pasado, sus momentos junto a él un verano casi igual de extraño que el sueño, sus encuentros confusos llenos de dudas y que desembocaban siempre en el mismo vicio.
En el sueño se acariciaban, se besaban, se mordían… y con cada paso que daba uno, descubría del otro, recovecos que siempre parecían inexplorados. Era como el juego de adultos, la fruta prohibida del árbol descubierta una y otra vez, como si nunca antes lo hubieran hecho. Lo raro, era que cada quince minutos se volvían a distanciar, así una y otra vez y el tiempo pasaba y era el mismo juego de siempre.
Se despertó sobresaltada y algo aturdida. ¿A qué había venido aquello? Hacía mucho tiempo que nos sabía de él y que no pensaba en él. Todo había terminado, había muerto, ¿por qué resurgió de la nada su recuerdo? Su gata andaba por allí maullando.
-¿Qué me pasa, Peca?- le preguntaba mientras su cabeza le martilleaba. Y ya no sólo por el sueño, últimamente se había obsesionado en estar acompañada.
Suspiraba muchas veces seguidas durante el día, mientras pensaba que su vida daría un giro y que saldría de aquella normalidad que se había convertido en monotonía.
Al día siguiente, se levantó con dolor de cabeza. Se preparó un café bien calentito y espumoso y se sentó en el balcón- acristalado, si no el frío del invierno la congelaría- a contemplar el parque solitario. Las hojas de los árboles que el parque tenía, ya habían caído todas durante el otoño, y se habían acumulado en las aceras, formando riadas doradas que parecían mover sus aguas de verdad. De repente, un ruido le sobresaltó.
‘Pi-pi-pi-pi-pi’ sonó y vibró su móvil. Un mensaje. (...)
Laura Martínez

domingo, 21 de diciembre de 2008

Negro y corto








On & On (1997) - Erykah Badu


La espesa humareda actuaba como una cortinilla entre aquellas seis personas. La muchacha de los vaqueros rotos reía al son de los otros cinco, cuyas carcajadas eran estruendosas y alborotaban la tranquilidad del lugar, que, hasta ahora, estaba ocupado solamente por ellos.
Jugaban además a ser ‘abejitas y flores’; un juego algo particular y divertido que los entretenía a medida que el tiempo pasaba.
El local era muy acogedor, a la chica del vestido negro- y algo corto, muy corto; tanto, que su padre le había regañado antes de salir- le encantaba: sus paredes eran rojas y se encontraban decoradas de miles de pañuelos de colores. El suelo estaba cubierto con millones de alfombras, las mesas eran pequeñas y muy bajas, y los asientos no eran más que pufs y ‘sofás’ bajos de goma espuma. Las lámparas caían del techo con poca luz, y el olor a incienso de canela no era más que un estimulante más para el buen ambiente.
La chica del pelo corto tomaba té de jazmín, y el único chico entre aquellas seis personas seguía riendo mientras conversaba con la muchacha de la cara de porcelana, lisa, suave y con unas mejillas rosadas.
Mientras la música soul sonaba, la joven de la coleta y del collar de plumas y la muchacha del vestido negro- corto-, fumaban de la shisha e inhalaban ese humo con sabor a menta.
-¿Queréis un poco?
Pero el resto negaba con la cabeza.
Después de un par de tes más, el local iba llenándose de gente. Primero una pareja, que, algo apasionada, se besaban enfrente de los seis amigos. Luego entraron dos hombres con una mujer que vestía algo parecido a lo que es una prostituta- de hecho los seis jóvenes no hubieran dudado de que fuera una- y se sentaron en un rincón apartado para poder meterle mano con más intimidad.
Pero fue cuando dos amigos llegaron al local, cuando la del vestido negro comenzó a sonreír con picardía mientras los miraba de arriba abajo, dedicando su observación al atractivo de aquello dos chicos.
-Desconecta ya el radar y únete a nosotros- le dijo su amigo atestándole un codazo- Que te veo venir y no me gustaría nada saber qué es lo que piensas.
Lo cierto era que la del vestido negro- ya no añado lo de corto- no tenía ganas de hablar, quería acción, pero sin hacer estupideces desvió sus pensamientos, apartó los ojos de los dos chicos, y se unió a la conversación que los otros cinco mantenían.
-¡Ah, mira!, el radar ya está desconectado. Ahora podemos seguir hablando con Laura.
Y sin más remedio, Laura siguió dándole pequeños sorbos a aquel té pakistaní, mientras escuchaba a sus amigos hablar de un tema al que ni siquiera estaba prestando atención.

Laura Martínez