lunes, 16 de febrero de 2009

Té y buñuelos

-Joder, ¡Hasta cuatro!- su exclamación me dejó desconcertada, aunque era cierto que sentía cómo indagaban dentro de mí-. ¿Te duele?
Yo negué con la cabeza. ‘Sigue’
La tarde había caído y la semioscuridad había envuelto las calles del pueblo con su manto azul marino y con alguna que otra estrella centellante. Para entonces ya nos habíamos vestido y nos habíamos dispuesto a tomar un par de aquellos buñuelos que estaban exquisitos.
Él me miraba, yo le miraba. Ambos sentados, engullendo como bestias nuestra comida, nos devorábamos también con la mirada. Su cansancio se observaba a distancia, entonces estiré mi brazo hasta alcanzar su melena lisa y rubia y poderla acariciar a contrapelo. '¿Qué pasa?’ Yo también estaba algo cansada y adormilada. Mientras, el agua hervía en la olla y entonces él se levantó para servirme un poco de té de frutas. Olía bien.
-No sé si te gustará. Parece que es muy fuerte.
Yo me encogí de hombros. En aquellos momentos me apetecía tomar cualquier cosa.
-¿Está rico?- yo asentí con la cabeza a la vez que dejé el vaso encima de la mesa.
Era más que fuerte, porque lo cierto es que el intenso aroma de frutas se había impregnado hasta en las esquinas más recónditas de la casa.
Sobraron un par de buñuelos en el plato, y él, cogiendo el último que se metía en la boca, se acercó para sentarse a mi lado y tenerme más cerca. Sentí su abrazo más cariñoso que habitualmente. Me gustó, así que le correspondí con un beso.
Apenas hablábamos, sobraban las palabras- y abundaba el cansancio. Nos dedicábamos a intercambiar sonrisas de toda índole. La primera afectuosa; más tarde, algo feliz y tonta, después la maliciosa, y tras un par más, de nuevo la perversa.
Acabamos como siempre, pero esta vez con algo más de ligereza, ya que la ropa no voló por los aires. Aquello no significaba que la pasión se había esfumado, no. Reflejos rápidos, fuertes- más que incluso el aroma delicioso del té.- y algún que otro suspiro ahogado que hacía eco en la penumbra de la habitación.
Y sin saber cómo, acabamos en la otra punta de la casa. Exhaustos y más cansados que antes, por supuesto. Me confesó que me temía, a mí y a mis acciones, y a lo que pudiera hacer mientras él no estviera a mi lado. Le expliqué que podía confiar en mí, pero creo que no resultó. Me senté en su regazo entonces y fijé mis ojos en los suyos algo decaídos.
Recogimos el té y los buñuelos y nos encaminamos a ir cada uno a nuestras casas, no sin antes escuchar algún tema de los LedZepp en el coche y ver de nuevo la inmensidad de la noche en el umbral del horizonte.

Nunca había visto la Vega Baja tan bonita. Quizás no lo sea, pero por el momento a mí me lo parece. Será el té y su aroma, que me ha subido a la cabeza- o él y sus manos, que me traen algo loca.

jueves, 12 de febrero de 2009

Y nada más


No se trata de belleza. Tus ojos fijos al volante emanan serenidad y las letras de las canciones que escuchas son totalmente nefastas para el momento, excepto algunas, que, mientras conduces en las oscuras carreteras y veo en el horizonte una plaga de luces en la transparente noche que parecen luciérnagas inmóviles hacen que sonría.
No sé en absoluto nada de nada. Estoy en suspensión, en estado de énfasis, de querer que jamás llegue el momento de decir “hasta mañana”
Me corrompes con tus besos y me transformas con tus caricias.
Eso es belleza: metáforas silenciosas que todo lo dicen. Fotos imaginadas de un momento en concreto en una postura determinada, sin fingir, y mi voz mandándote cosas y tú refutándome con argumentos que me hacen callar. Y de nuevo el silencio.
Y mientras conversamos sentados, acabo tumbada en tu regazo que me resguarda. Tus brazos me dan cobijo y tu sonrisa, aprobando las numerosas tonterías que digo, me deja en evidencia.
Cavilo sobre lo que has dicho, y no llegas a la verdad ni por casualidad. Y entonces me pregunto si eres consciente de ello.
Muchas veces matamos el tiempo diciendo estupideces, otras tantas sólo llegamos a decir ‘¿qué?’ aunque quizás nos respondemos con un ‘¿Que de qué?’ y reímos como imbéciles que deliran. Y observamos desde la terraza de arriba- una de la que ya escribí con anterioridad- cómo cae el anaranjado ocaso de la tarde, y me subes a tus hombros a la vez que intentas tirarme al vacío del edificio.
Y esta vez ya no sólo ‘verde que te quiero verde’ en azul también me gustarías, o, ¿quién sabe? Hasta en amarillo. Y ‘El viento de la noche gira en el cielo y canta’ y de lo único que se te ocurre hablarme es de satélites colisionados.
Porque una vez hablé de mi negrito y segundos después ya te estaba recordando. Me gustas porque me gustas, y nada más :-)

miércoles, 11 de febrero de 2009

Can't we be friends?



Las extravagantes lámparas caían como arañas del techo acristalado, las mesas del comedor estaban todas preparadas con cubertería de plata, y al lado de cada una, nos esperaba nuestro respectivo camarero. En total había más de ochenta, vestidos todos de blanco y negro con una pajarita.

Los músicos tocaban en directo canciones de salón y el guapo y joven atractivo muchahco negro me dedicó una de sus sonrisas más pícaras. Ya había hablado con él antes. Sus pelos a lo afro y su pendiente en la oreja me encantaban, pero lo que casi hizo que me enamorase de él fueron sus manos en el piano y aquella sonrisa tentadora. y la azafata nos había encaminado hasta la cubierta para saludar al capitán aquella noche de gala. Tras un apretón de manos entre hombres y un afectuoso beso en la mano para las mujeres, mi familia y yo sonreíamos falsamente como idiotas postrados ante ese fondo color azul cielo que era terriblemente horroroso. El barco apenas se tambaleaba en la mar. “Decir: ¡Crucero 2008!” El flash de la gigantesca cámara me cegó por un momento, segundos después, el turno de la siguiente familia nos echó rápido del lugar.

Observé contenta a la gente, que vestía trajes galantes- algunos bien horteros- y recogían sus sedosos pelos con horquillas que llevaban piedrecitas brillantes incrustadas. Otros vestían con trajes de lino y suéteres del mismo color que el fondo para hacerse la foto. “¿Dónde vais?” preguntó mamá. Los pequeños fueron a jugar con un niño que acababan de conocer, y entonces yo aproveché para acercarme a la barra del bar y pedirme uno de aquellos San Franciscos que tan ricos estaban. El camarero me miraba de reojo mientras lo preparaba, y cuando me lo sirvió, me entregó junto a él una nota anónima. “You are the most beutifull woman in this ship” Sonreí, y tras volverme y mirar quién podría haber sido, decidí volver con mis padres.

Aparentemente todo iba genial. Papá y mamá reían en la mesa de aquel gran comedor mientras yo contaba chistes malos, y la familia de enfrente nos hablaba con el glamour que nosotros nunca tuvimos pero que aquella noche pudimos aparentar perfectamente. La música nos seguía acompañando, y los camareros servían vinos caros, y platos cocinados por uno de los mejores chefs de no recuerdo qué sitio.

Todo sucedió después de tomar aquel riquísimo soufflé de limón. Las luces se apagaron repentinamente y los motores del barco dejaron de funcionar. Las voces de sorpresa de las gentes sonaron al mismo tiempo que los músicos dejaron de tocar. No se veía nada, estábamos dentro del barco, sin ningún ojo de buey que nos alertara qué pasaba en el mar; estábamos alejados de la cubierta. Las quinientas personas del comedor empezaron a levantarse nerviosas y a intentar subir aquellas escaleras aterciopeladas -de azul también- que dirigían a las habitaciones y al casino. Los niños pequeños comenzaron a gritar los nombres de sus madres, y la mía, histérica, gritaba el nombre de sus hijos. Todo parecía un caos. Yo me preguntaba porqué tanto descontrol, e intentando mantener la calma, me resistía a que la gente me contagiara su insensatez.

Había pasado unos minutos desde que las luces se habían ido, y en aquellos instantes lo único que se me ocurría era fugarme con mi hombre negro de la sonrisa pícara hasta su camarote y perderme en su cuerpo durante unas cuantas horas. Lo intenté divisar en la oscuridad postrado en el rinconcito de la orquesta, y cuando lo diferencié por aquella enorme melena, fue cuando la luz volvió.

La gente dejó de gritar entonces y comenzó a aplaudir como tonta. El capitán se levantó de su mesa y con una copa en la mano levantada, propuso un brindis por aquel maravilloso viaje en las aguas del Mediterráneo.

Después, yo me puse de morritos porque mi negrito había dejado de tocar, y seguí tomándome aquel soufflé tan bueno. Aun así, no me di por vencida: todavía teníamos que asistir al baile. Seguramente tocarían algo de jazz, y luego, cuando una de las canciones terminase, iría a preguntarle a mi negrito si querría ser mi amigo, y más tarde, sin duda, lo invitaría a mover un poco el esqueleto, y, esto último, que él lo interpretase como quisiera.

lunes, 9 de febrero de 2009

Frente a frente


He sentido ahora mismo, antes de ponerme a escribir, un escalofrío. Lo noté subiendo por la espalda mientras me erizaba la pelusa de los brazos y la nuca.
A veces me gusta sentir la sensación de un frío imaginado y tiritar sin límites como si estuviera congelada. Eso sucede cuando me pongo nerviosa, y acaba de pasarme.
Muchas veces lo noto en los exámenes, cuando temo a que algo malo suceda, cuando en varias ocasiones me llamaba- antaño- y escuchaba su voz en una noche de primavera y llovía y yo salía al balcón con tan sólo una camiseta de manga corta para poder tener más cobertura y escucharlo mejor, y cuando se fue y recordaba el olor a mojado en pleno verano, cuando escribo sobre cosas triviales pero que, al fin y al cabo, me pertenecen y son mi esencia en carne viva, cuando escucho una canción que puede hacerme sonreír y llenarme de buenas energías, o una película que desata en mí las ganas de llorar y otras tantas cuando me siento al lado de aquel quien creo que me gusta. Mucho.
Y entonces el escalofrío no para de subir y bajar, como la demanda y la oferta que ahora mismo estoy viendo en economía.
Y me encanta cuando voy a la cama pronto, todavía con el escalofrío en el cuerpo y me acomodo la almohada y me arropo hasta el cuello y apago la luz y me acurruco imaginando que tengo alguien al lado y suspiro y cierro los ojos sonriendo, con esa canción alegre en la cabeza. Y entonces sueño con algo que no voy a recordar la mañana que nos sigue y me despertaré de madrugada- como todos los días- y contemplaré que sigo acurrucada junto a esa silueta imaginada- muy real para mí- y le sonreiré, y antes de levantarme seguiré abrazada a sus espaldas y cinco minutos más tarde, escucharé los pasos de mi madre que, aunque normalmente sean suaves y ligeros, se escuchan estruendosos por el pasillo y llegará hasta mi cuarto avisándome de que es hora, que llegaré tarde al instituto, y me levantaré, y me vestiré, y más tarde, en la cantina, me quedaré dormida otra vez, soñando con lo que no recordaba y me daré cuenta de que era con aquella misma silueta, y la reconoceré, y la veré cerca de mí, y sentiré su beso suave sobre mis labios… Lo bueno de ello es que cuando abra los ojos y contemple que esto último no ha sido un sueño, el escalofrío vuelve a recorrerme por la espalda, y yo vuelvo a sonreír; frente a frente.

viernes, 6 de febrero de 2009

Rabia y Sangre

No pudo sino más que desatar su ira que se contemplaba en su faz seria y cabreada, y entonces, llegó la destrucción. Malévolo, frívolo y sin escrúpulos alguno.
Dejó caer el cuerpo y, desde abajo, se escuchó cómo se había desplomado en el crujiente suelo de madera. Yo tenía miedo; no de él, sino de ella, de que se hubiera ido para siempre.
Mientras se peleaban, yo les tapaba los oídos a mis hermanos pequeños y ellos cerraban los ojos y hacían presión con los labios, siendo conscientes de la enésima pelea de papá y mamá que desembocaba en paliza.
Creo que esta vez comenzó por una blusa azul mal planchada. Él tenía que marcharse al trabajo cuando, en un arrebato, mientras se ponía la camisa, la llamó a voces: “Julia… ¡Julia!” “¿Qué pasa, porqué gritas?” La voz de mamá siempre fue melosa. “¿Qué coño es esto, eh?” dijo él seguramente señalando una diminuta arruga de la blusa y luego le atestó un bofetón. “Pero… qué… es esto…” Mamá intentaba pedir perdón, pero su voz se apagaba con los puñetazos que le atizaba papá.
Y así comenzó todo, pero tras un fuerte golpe con algo parecido a una vasija o un jarrón, los gritos exasperados de mamá y los constantes insultos de la bestia, ya habían cesado, y fue tras el estrepitoso ruido de los cristales rotos cuando se hizo el silencio. Por último, escuché el golpe seco del cuerpo de mamá. Cuando eso sucedió, apreté las dos diminutas cabezas de mis hermanos sobre mi pecho a la vez que los abrazaba fuertemente, creo que apenas podían respirar. Pero lo más importante era mantener los ojos bien secos a pesar de todo.
Papá bajó rápido por las escaleras. Su cara transmitía su odio mezclado con una dosis de arrepentimiento. Nunca lo había visto de tal manera. Observé su camisa y sus manos bañadas en un color rojo oscuro. Ya olía a sangre a distancia. A su sangre. A mamá.
“La has matado…” susurré con un hilillo de voz. “¡La has matado!” Otro día quizás hubiera tenido miedo, pero ya nada me asustaba. “¡Cabrón de mierda, la has matada hijo de puta!” Sin saber porqué, no se acercó a mí en ningún momento. Se contempló las manos mientras yo despotricaba frases emergentes del odio, la rabia y la impotencia, y se las llevó a la cabeza impregnando su- asqueroso- pelo moreno con aquella sangre espesa. No se merecía nada que tuviera que ver con mamá, ni siquiera pringarse con su sangre.
Mis hermanos se desprendieron de mí y se acurrucaron en el sofá. Ya se tapaban ellos solos los oídos. Estaban asustados. Aterrados. Amedrentados. Yo seguía gritando como una loca, incluso sentía cómo la voz se me desgarraba en la garganta: “¡La has matado, la has matado, cabrón!¡Has tenido el valor de matarla, maldito hijo de puta! ” Me acerqué a él sin temor y comencé a atizarle con mis endebles manos unos puñetazos de los que apenas sentía nada. Cansado, él me agarró del brazo con una fuerza bestial “Para… ¡Que pares joder!” me dijo, y de nuevo noté en su voz aquella dosis de arrepentimiento. Estaba asustado de lo que acababa de hacer, pero yo, sin darme pena alguna, le seguía propinando aquellos golpes que parecían caricias y me soltó hacia un lado cayendo yo de culo.
Él salió un momento al jardín a fumarse uno de aquellos cigarrillos que estropeaban los pulmones y que hacía que todas las mañanas tosiera como un viejo. ¡Te murieras asfixiado en un ataque de tos, maldito cabronazo! Grité mientras le observaba por el ventanal que daba al patio de fuera. Subí corriendo a ver a mamá. El palpitante corazón me golpeaba dentro de mi cuerpo y lo sentía como un fuerte martillo. Me dolía. Parecía que de un momento a otro me iba a explotar el pecho o iba a salirme por la boca. Ciertamente, cuando vi el charco de sangre que brotaba de la cabeza de mamá, me entraron ganas de vomitar. Me llevé las manos a la boca y mi estómago se contrajo. Mientras, la sangre de mamá se escurría entre las oscuras tablillas de madera.
Pisé con los zapatos el jarrón hecho añicos en el suelo. Luego observé que no me había equivocado, la bestia le atizó un golpe con él y entonces, ella murió en el acto. También le sangraban las narices y llevaba marcadas las mejillas.
Me postré ante ella de rodillas, y sin importarme rociarme de su muerte, me abalancé sobre su cuerpo estrechando fuertemente su vientre, aquel lugar donde me había ofrecido cobijo durante mis primeros meses de vida, contra mi sien. Rompí a llorar con un sollozo ahogado. Notaba el nudo de rabia en la garganta, y ésta amenazaba brillante como un cuchillo afilado expuesto a la luz. Tenía ganas de romper y reventar cosas, de gritar, patalear, destrozar el mundo con todas las personas en él, prender fuego a la casa y luego salir corriendo mientras observaba a mi padre arder dentro.
Ya todo me daba igual. Me daba igual su esencia de padre, me daba igual ponerme a su altura… Me daba igual convertirme durante unos minutos en una asesina.

jueves, 5 de febrero de 2009

100 VECES

"no volveré a dejar a Fran tirado en Facebook, lo prometo"...
"no volveré a dejar a Fran tirado en Facebook, lo prometo"...
"no volveré a dejar a Fran tirado en Facebook, lo prometo"...
"no volveré a dejar a Fran tirado en Facebook, lo prometo"...
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lunes, 2 de febrero de 2009

768 Suspiros [fragmento capítulo 21]










12 - Hometown Glory - Adele

(…)

Después de dejar a Carolina en el aeropuerto, nos encaminábamos con el coche a recoger a Éric y al pequeño Santi de casa de mi madre. Durante el trayecto en el vehículo no nos dirigimos ni una sola palabra. Yo tenía la vista fijada en la ventanilla y observaba con desgana cómo los escasos árboles de la zona se movían hacia la derecha rápidamente. Él parecía mantener los cinco sentidos en la carretera, aunque bien sabía que estaba pensando en el desastroso verano que seguía su curso.
Me odiaba. En aquellas últimas semanas a penas me habló, ni me miró, ni me rozó ni siquiera sin querer. Parecía que tenía sus movimientos calculados para no tener que acercarse a mí. Me evitaba a toda costa, y por las noches dormía en el sofá sin que los niños se percatasen de ello.
Lo más triste de todo era que yo me odiaba a mí misma también y no podía evitar la tentación de marcharme de casa y abandonarlo todo para dejarle vivir en paz. Yo tuve la culpa.
Me atormentaba cada vez que recordaba aquella silueta de mujer besando a otro hombre, me consumía el alma el hecho de recordar la sombra de sus desnudas curvas las noches en el hotel de destino junto a él. Y lo peor era que aquella de la imagen era yo: acariciando a otro, susurrándole cosas que sólo le susurraba a aquel con quien acepté permanecer mi vida entera, desnuda ante un hombre que no me correspondía, que, al igual que yo, tenía otra familia; tumbándome encima de su cuerpo y gimiendo orgasmos que creía que significaban amor. Y lo peor de todo era que creía de verdad que amaba a aquel desconocido.
¿Dónde había quedado mi persona, mi consideración? No soportaba la idea de verme una y otra vez junto a sus brazos, que Alberto me imaginara en el lecho de Jordi y que mi hija Carolina supiera de mi adulterio. Pensaba en la cantidad de veces que Alberto me decía que si no me sentía atraída por otros hombres no era humana y que confiaba en mí porque nuestro amor iba mucho más allá que el deseo carnal. Éramos mejores amigos. Éramos uña y carne. Pasión, sinceridad y libertad... Éramos.
Ahora todo se resumía en dos extraños que no sabían qué pensar acerca de nada, conduciendo un automóvil dirección a casa. Unos auténticos fraudes. Dos personas deprimentes.
Alberto dejó el coche mal aparcado con el intermitente puesto para ir corriendo a recoger a los niños. Ni siquiera me molesté en bajar del coche y saludar a mis padres. No me apetecía. Seguramente me preguntarían miles de veces si quería algo para beber y picar, y yo, negándome, no tendría escapatoria de una tortilla francesa con jamón, por eso decidí quedarme dentro del automóvil. Alberto salió rápido de la casa intentando escuchar lo que el pequeño Santi le contaba, pero su cara demacrada evidenciaba su estado en suspensión. Vivía consumido en la angustia que yo le había creado (...)